El Gran Maestro del Cambio observó con detenimiento su obra. Llevaba mucho tiempo haciéndolo en silencio y complacido por el constante devenir, la impermanencia que ni siquiera él era capaz de penetrar con su aguda mirada y la singular belleza del movimiento sin posibilidad alguna de detención, aparente caos de formas multicolor y negras oscuridades satinadas. Sin embargo, un momento fue suficiente para que decidiese introducir un nuevo elemento, distinto de los que hasta ahora habían compartido sitio en el tapete cósmico. Escogió una forma existente y la alteró levemente jugueteando con sus manos caprichosas; cuando hubo acabado, llevó a cabo el movimiento que habría de alterar el equilibrio dinámico reinante. Confirió su propio hálito a aquel ser, dotándolo de su misma esencia encerrada en un caparazón indistinguible del resto de las formas. Tras crear varias de estas e impregnarlas de su esencia se sintió satisfecho y las colocó con delicadeza sobre el tapete.
Sonido rítmico y envolvente, abrupto contacto y burbujeo descendente para instantes más tarde repetirse de nuevo confiriendo una agradable sensación de sosiego. En respuesta a ese sonido, una fina y cíclica manta le moja casi por completo al querer cubrirle y se retira con dulzura, mas un cariñoso, cálido y perenne roce le protege del frío. Abre los ojos, un intenso fulgor le impide percibir nada por unos leves instantes, se gira y su visión se aclara con lentitud con una pausa que dignifica el bello espectáculo que le aguarda; un suelo tostado y húmedo con la silueta de su propia forma haciéndole de lecho y junto a ella una superficie distinta, azul oscuro y profundo en la lejanía, transparente y fina como una gasa en las proximidades, con una superficie inquieta y encrespada que se desparrama con suavidad. Al otro lado se levanta una muralla de distintos verdes, repleta de matices y tonalidades, alternándose con marrones, rojos y amarillos y junto a todo ello el maravilloso y embriagador sonido rítmico, que le mece y acuna con gentileza.
Se levanta y encuentra otros seres en la orilla, todos despertando como de un letargo, mirando en derredor extasiados e incorporándose casi a un tiempo. Se miran entre sí y sin saber por qué se sonríen y corren al encuentro sabiéndose hermanos, reconociéndose los unos en los otros. Poco a poco todos deciden alejarse en dirección a la muralla verdusca, como si percibiesen instintivamente una aparente hostilidad en la oscilante y vasta superficie que hasta hace nada los arrullaba. Todos menos él y algún otro, que se quedan rezagados contemplando con una cierta misteriosa fascinación aquel claro azulado. Sin saber muy bien la causa, se acerca de nuevo a la orilla, al contacto húmedo y refrescante y se zambulle en las aguas, se introduce y emerge, dentro de ese elemento no le es posible respirar, se mueve con dificultad y está presente de un modo silente la amenaza de ser arrastrado a la hondura oscura, fría admonición en lontananza. Nada de nuevo hacia la orilla y un nuevo rizo lo expulsa abruptamente. Alguno de los otros ha sufrido idéntica experiencia, se miran, ahora comprenden la hostilidad percibida por los demás, pero también la vivificante experiencia de buceo y nado, extrañamente agradable. Enseguida se ven rodeados por los demás que han decidido regresar por si hubieran necesitado de alguna ayuda y que los contemplan con ojos sorprendidos. Todos terminan resolviendo que aquel no es sitio para ellos y deciden marcharse a la espesura.
Poco a poco comienzan a advertir ciertos cambios que los aturden, la bóveda sobre sus cabezas se oscurece gradualmente y ello hace que un creciente reino de sombras y miedo los rodee. Deciden mantenerse unidos y comprueban con desazón que la oscuridad no desea retirarse con presteza, más aún, se acompaña de sonidos raros y turbadores, de una renovada energía naciendo al albor de las tinieblas. Sus propios cuerpos comienzan a mostrar signos de fatiga, los ojos se cierran, los miembros se entumecen, la atención decae y de tal manera pasan su primera noche con el único calor proporcionado por sus cuerpos anudados. Despiertan ateridos, tiritando y cansados por el miedo y el escaso sueño, además una nueva sensación se ha apoderado de sus cuerpos y mentes, un curioso hormigueo en el estómago, una pulsión que los dirige en busca de algo con que alimentarse. Algunos se lanzan sin más a lo primero que ven, hojas inervadas, raíces superficiales y flores silvestres, pero rápidamente comprueban que eso no es lo que sus cuerpos necesitan, de nuevo el instinto los ayuda a decidir un nuevo rumbo. Observan con detenimiento a otros animalillos y comprueban como se dirigen casi selectivamente en pos de algunas especies características de plantas y árboles, con llamativos y voluptuosos apéndices henchidos de sugerentes colores y atractivas formas rebosantes de promesas para el estómago dolorido y acuciado por el hambre. Saciados se sientan. Uno de ellos parece no haber quedado satisfecho movido por el temor a no encontrar nada en el día venidero y enfoca su atención en una pequeña planta aparentemente olvidada tanto por sus compañeros como por el resto de animales, magnífica y repleta de frutos de un intenso rojo, moteada por diminutos puntos azulados y con una piel tersa como si estuviera a punto de estallar en una explosión de sabor y blanda y azucarada pulpa. Los más cercanos tratan de advertirle, de frenarle, debe haber algún motivo para que esa planta, pequeña pero majestuosa e inmaculada, sea respetada por el resto de habitantes del bosque. Pero él no detiene su marcha, encandilado por la irresistible melodía vegetal, arranca triunfal uno de aquellos frutos y lo engulle con rapidez y tras el siguen dos frutos más sin mediar pausa alguna. Parece satisfecho y decidido a continuar su particular y solitario festín, cuando de pronto un intenso dolor aguijonea con despiadada crueldad el estómago y bloquea férreamente su garganta cayendo desplomado. Los demás tratan de ayudarle en vano, en escasos segundos queda inerte, inmóvil, sin brillo en los ojos; intentan despertarlo como si fuera presa de un sueño maldito y obstinado. Al poco se dan cuenta de que de algún modo ya no está allí con ellos, sólo el cuerpo frío y rígido con una mueca de dolor surcando el rostro.
Alejados del infausto lugar se reúnen y concluyen la importancia de aprender de la naturaleza para evitar los peligros futuros. Cavilan durante largo tiempo mientras el cielo muta su color y desfilan elegantes las escasas estrellas que permite ver la pálida luz de la Luna, sonriente y recortada sobre un fondo oscuro que realza su sinuosa figura. Al alba, la luz anaranjada reta a las sombras y consigue que estas retrocedan e inclinen ante la majestuosidad del renacimiento del divino y caritativo portador de la luz, al que algunos consagran su alegría y respetuosa devoción a través de una profunda reverencia. Junto a la luz llega el calor, reconfortante y cordial y junto a ella el despertar del resto. Él ha sido el primero en despertarse, todavía en mitad de la fría oscuridad, contemplando los drásticos cambios que acontecen en pocas horas y el extraño despertar de sus compañeros, todos incorporándose desconcertados, como si hubiera algo que los hubiese inquietado y agitado en el curso de la noche, a la vez que reconoce el eco de tal alteración en sí mismo, resonando débil pero insistente. Aquella mañana no conforman un círculo todos abrazados, como hasta ahora habían hecho. Se miran de un modo misterioso, sorprendidos, como si una chisporroteante energía estuviera a punto de salir de las puntas de sus dedos manchados de barro, como si una fuerza misteriosa se hubiese instalado en alguna parte de sus débiles cuerpos, anhelante de escapar y dar rienda suelta a su poder. De pronto algo ocurre; uno de ellos parece absorto y concentrado en una gruesa rama seca que descansa imperturbable a escasos metros de él, cuando a un movimiento de su mano en el aire la rama se yergue colocándose horizontal y levitando sobre el suelo; a un nuevo gesto de su otra mano comienzan a desprenderse jirones de madera de uno de sus extremos acompañando un sinuoso trazo giratorio de la mano hasta conformar una punta afilada en extremo. Se acerca y toma la rama transformada con sus dos manos, aferrándola con fuerza y girando sobre sí mismo buscando algo incomprensible para los demás. En un determinado instante se detiene y proyecta con fuerza la rama hacia adelante, cuyo vuelo limpio y casi horizontal concluye abruptamente al insertarse con inusitado vigor en el tronco de un gran árbol cercano que sangra entristecido.
Aquel hecho genera una gran conmoción, pero nadie percibe la tristeza. Empiezan a atisbar el poder latente en sus cuerpos y rápidamente procuran concentrarse y obrar algo similar a lo realizado. Poco a poco algunos objetos creados por su voluntad comienzan a surgir de los elementos más inusuales. Unas cuantas lunas y empiezan a mezclar unos elementos con otros, unas cuantas más y el fértil valle cercano a la costa modifica su figura, cambia su rostro e incluso su mirada en respuesta a la arrolladora fuerza creativa de un puñado de pequeñas criaturas. Continúan su aprendizaje y probaturas hasta que una noche, coincidente con una rechoncha y algo apagada Luna, se produce una escisión en el grupo, separación que hacía tiempo venía gestándose y que encuentra su expresión final en la aspiración de la mayoría por continuar el estudio, por hacer crecer sus habilidades, por ganar en potencia y conocimientos y resuelta en la determinación por abandonar el frondoso valle y ascender al amplio pico del horizonte, lejano promontorio promisorio de renovados retos. Uno escaso puñado prefiere quedarse y continuar su vida sin desear seguir creciendo en conocimiento, con cierta añoranza de los primeros días en los que el gran poder se había revelado y apenas desarrollado y el secreto anhelo de fundirse con el entorno natural.
Sin excesivo esfuerzo hollaron el pico, pero tras su angosta cima observaron algunas montañas dispersas más elevadas aún, contorneadas en la lejanía azulada. Ello incrementó su ánimo y generó una nueva escisión ya que no todos optaron por ascender a la misma cima. Los días fueron cambiando, volviéndose más extremos, frío afilado y calor sofocante, naturaleza cada vez más descarnada y hostil abanderada por terroríficas tormentas y vientos huracanados, por estériles trechos de tierra yerma, animales peligrosos y amenazadores movimientos de tierra. Mas ante todo aquello, la vibrante energía de su voluntad crecía en poderío y conseguía someter a la naturaleza cambiante hasta dejar de preocuparse y estudiar los cambios de la misma, centrándose en exclusiva en su manipulación despreocupada. Se erigían refugios con sólo desearlo, ropajes frente a los elementos, se alteraba el curso de los ríos que estorbasen el camino a las cimas y desplazaban hileras completas de árboles. Algunos habían perdido la vida, otros habían extraviado su camino perdiéndose en las sombras y en aquella noche desprovista de Luna y teñida por completo de honda negrura, el grupo atisbó la que consideraron a partir de entonces su meta suprema, la cima del Gran Pico donde los dedos de la Tierra y el Cielo se rozan, al final de todas las demás cimas. Debían coronar cada una de ellas en su camino hasta que se presentase en el lejano horizonte el Gran Pico. Infinitos serían entonces los poderes de los que consiguiesen alcanzarlo, la misma realidad se plegaría ante un simple pensamiento, nada escaparía a su control y su voluntad. Encendidos, presa de un intenso deseo, de la legítima aspiración reservada para los valientes, emprendieron de nuevo la marcha.
Extraños días les aguardaron. La animosidad del medio volvió a cambiar virando hacia una mayor agresividad, pero una agresividad provista de nuevas argucias. Todos los días mutaba el suelo bajo sus pies. Podía ser un barro hambriento o un lecho de fuego, bosques transformados de repente en refulgentes pirámides de cristal capaces de abrasar a cualquiera que quedase en mitad de ellas al reflejar la luz del Sol, lluvia de afiladas puntas de metal, brumas espesas de ácidos letales. Apenas podían despistarse o descansar, tiempo hacía que levitaban sobre el suelo y en ocasiones algunos habían de perecer hasta obtener el conocimiento para continuar, el escudo de sombras frente a la hiriente luz o la crisálida transparente impenetrable. Todos los días algunos de los conocimientos del día anterior dejaban de ser válidos y no recordaban ninguna idea que tuviese vigencia transcurrido un cierto tiempo. Sin embargo, le meta bien merecía el esfuerzo, la posibilidad de ser dioses omnipotentes. Aquel pensamiento era aliento suficiente, depositario de una creatividad adaptada al cambiante entorno. Se sabían muchísimo más poderosos, cada día eran capaces de mayores logros, con regularidad una nueva cima era alcanzada, pero siempre, invariablemente, estaba secundada por un nuevo pico en la lejanía y renovados peligros hasta su puerta.
Un día, aquel que se zambulló en las aguas de la playa habiéndose rezagado del grupo, se ve de pronto acorralado por un repentino corrimiento de tierra líquida y solidificada al instante que lo envuelve y entierra con rapidez. Está solo y nadie parece acudir en su auxilio, el aire se agota y la tierra se cierra sobre sí misma con creciente velocidad. Se concentra, extiende las palmas de las manos y la tierra se resquebraja con lentitud mostrando una grieta por la que huir aunque extrañamente no por donde él había determinado que debía hacerlo. Al salir ve al resto del grupo avanzando sin volver la vista atrás, luchando con denuedo, mas también, a un lado, un diminuto claro coronado por una enorme piedra en un bosque como los que hacía años que no contemplaba, un bosque como los de los primeros días. Asciende a la piedra y vuelve a contemplar a sus compañeros alejándose. Sin saber por qué decide sentarse, conocedor del peligro letal inherente a la pausa, movido por una sensación de confort y tranquilidad ya olvidadas. Se sienta sin mirar a sus compañero avanzar ni tampoco el sitio del que procedían y otea ese nuevo horizonte abierto en el lateral de la montaña. Siente el aire fresco acariciando con suavidad sus cabellos, el olor a tierra húmeda, los sonidos de los diminutos pajarillos de las copas de los árboles, el intenso azul salpicado de densas nubes y el cálido y amable roce de la roca. Sin desearlo, se ve invadido por una sensación de pena insondable, por los que se quedaron atrás, los que deseaban regresar a la naturaleza primordial sin aceptar el poder como algo innato y consustancial a la suya propia y también por los eternos anhelantes de la Gran Cima por identificarse por completo con su poder, desdeñando todo lo demás, sabedor de que jamás hollarán la mítica cima. Incomprendidos de sí mismos y perdidos en un terrible laberinto.
Sobre la roca, tranquilo y despreocupado. El viento sopla y braman los árboles y arbustos, el verde refulge con intensidad bajo el Sol, el aroma a flores silvestres inunda con sutileza el claro, un arroyuelo corretea a los lejos. Aquella es la Cima. Todas lo son y ninguna lo es. Inmutable y siempre cambiante.
El Gran Maestro del Cambio se sobresaltó como jamás lo había hecho con anterioridad, se volvió sobre un minúsculo punto del gran tapete cósmico y lo escrutó con detenimiento y preocupación. Una de sus creaciones acababa de desaparecer sin dejar rastro alguno. Aquello no era posible. ¿Cómo lo había hecho? ¿Dónde había marchado? Mientras se cuestionaba con perplejidad cientos de cosas, una luz apareció a su espalda. Se gira y con inusitado asombro se encuentra frente al desaparecido quien le mira con enigmática sonrisa y tras un breve instante desaparece de nuevo.
Sobre la roca, tranquilo y despreocupado.