sábado, 29 de diciembre de 2012

VERSIONES


Descendió tranquilo por la estrecha escalinata de piedra vieja y pulida que se retorcía como una serpiente, mientras dejaba deslizar su mano por el pasamanos y sentir el tacto frío y suave con el que esta obsequiaba la delicadeza de su prolongada caricia. Podía sentir cada rugosidad, cada cicatriz originada en aquella vetusta piel a lo largo de su dilatada existencia y se preguntó todo lo que debía haber visto, lo profundo de su sabiduría reflejada en su silencio solemne, en la tranquilidad que emanaban sus desgastados peldaños, mudos testigos del frenético y desorientado devenir de generación tras generación, cada día más rápido y cada día más perdido. Se detuvo unos instantes, casi podía sentir su compasión ante las ilusiones que tornaban laberíntico el camino del fugaz destello de las vidas de sus transeúntes, haciéndolos transitar deprisa en pos de metas erradas y minúsculas, aunque proyectando una sombra de grandiosidad que los confundía, siempre los confundía; así había sido desde hacía mucho tiempo. También podía sentir una especie de tristeza, una melancolía gestada en la incomprensión del pedazo de sabiduría que deseaba brindar con fervor a sus constructores, en un lenguaje antiguo y ya casi perdido, pues la mayoría habían olvidado escuchar.

Reanudó la marcha y se topó con los últimos peldaños, más anchos y con una contrahuella menor, que descendían rectos hacia un amplio pórtico que daba al exterior. Nada más cruzarlo un fuerte calor lo recibió y una luz clara le arrancó una sonrisa. Observó el cuidado jardín, majestuoso en su simplicidad mas mostrando signos de fatiga ante el intenso bochorno que había acompañado todo el estío, con su pequeña fuente manando imperturbable en el centro y aportando algo de frescor en sus inmediaciones. Se sentó en un banco cercano, de la misma piedra antigua que todo lo componía en aquel lugar y sacó algo de fruta que llevaba, una par de rojas ciruelas y un melocotón ruborizado y enorme. Las comió con el mismo espíritu tranquilo con que había descendido la escalinata, escuchando el leve rumor del agua y las canciones de los pajarillos y una vez hubo terminado se tumbó y dirigió su mirada a unos cipreses solitarios que se hallaban cerca del grueso muro que limitaba el recinto y parecían dirigir su mirada hacia el exterior, al mundo que se extendía más allá del muro que parecían custodiar y entonces se dio cuenta, no se había percatado con anterioridad, pero ahora podía observarlo con nitidez; la luz había cambiado respecto a los días precedentes. No sabía explicar exactamente cómo y sin embargo no podía dejar de apreciar su carácter más maduro y su tono menos exultante y dorado, algo más frío y pausado impregnando cada pétreo rincón, cada planta, árbol, arbusto, nube, y fue entonces cuando se dio cuenta de que todos ellos lo habían sabido antes que él; en aquel preciso día el verano había terminado. No importaba lo que los calendarios pudieran decir al respecto, qué podía saber en realidad la rígida oficialidad insensible a la renovada caricia del viento y su melancólica canción del anuncio del ocaso, de su mensaje admonitorio para que todos los  que pudieran entenderlo fueran preparándose. 

Le pareció que con un sutil destello se había cantado sin tristeza el final del calor, los juegos y el descanso, habiéndose al tiempo anunciado una época de serena preparación antes de la oscuridad y el frío, una época con su propia luz, cariñosa y acogedora como atestiguaban inflamadas nubes en el cielo y orgullosos árboles en la tierra, y su propia música, adagio cargado de belleza y una extraña melancolía carente de cualquier vestigio de pena, alegre a su misteriosa manera. De algún modo, todo parecía resplandecer con mayor madurez y belleza, como si la compresión y aceptación en lo más profundo de la esencia de la entrante estación fuera capaz de fusionar tristeza y alegría, resultando algo imposible de traducir al lenguaje de los hombres, algo triste y alegre a un tiempo, sin ser triste ni alegre.

Poco a poco encaminó sus pasos hacia la puerta que constituía la salida de aquel mágico lugar que jamás se cansaba de frecuentar. Contempló una vez más lo que quedaba a sus espaldas y no pudo evitar cuestionarse cómo lo encontraría la próxima vez que lo visitase, se sonrió y salió. Anduvo un breve tiempo y enseguida se encontró con otro hombre que transitaba un camino de tierra, con un andar intranquilo y un halo de preocupación flotando a su alrededor, ni siquiera se había percatado de recinto del que él salía. Se acercó a él y le preguntó el motivo de su palpable inquietud.
  • Es por la luz - Replicó. - ¿Te has fijado en cómo ha cambiado? - Dijo medio enfadado.
  • Si - Respondió dibujando un ligera sonrisa en su rostro. 
Mas antes de que hubiera sido capaz de compartir su particular visión que lo llenaba de un gozo especial, aquel hombre se precipitó a una desoladora descripción en la que tildaba a aquella luz de enfermiza y de disminuida vitalidad, de heraldo de una tenebrosa oscuridad, enfermedad y decadencia, y de siniestra y lúgubre la canción que lo acompañaba, como un silbido sigiloso entre las lápidas de algún olvidado cementerio, severo y terrible, tétrica sanguijuela de todo lo que alguna vez había sido fuerte y vital. Era tal la fortaleza de su pesimista visión, que casi podía sentir la turbación en los arbustos cercanos que ahora temblaban y se sentían desguarnecidos a la intemperie. Para ese hombre sólo se acercaban el dolor y la tristeza, un pesaroso camino hasta el invierno con  la única posibilidad del encerramiento en la seguridad del hogar y sin nada que pudiese aportar consuelo en la nueva estación. No pudo evitar maravillarse de lo contrastado de sus visiones y de la forma en la que estas parecían moldear el mundo que los circundaba y la manera en que cada uno afrontaba los acontecimientos que surgían y lo más fantástico aún era que con casi total probabilidad, cada ser sentiente poseyera la suya particular.

Ni siquiera se despidió, tras su funesto discurso reanudó deprisa la marcha. Siguió el camino de tierra de aquel triste hombre con la mirada hasta el horizonte y observó que era transitado por otras personas y todas ellas parecían igualmente apenadas y caminaban de manera igualmente apresurada. Así estuvo un rato hasta que los vio perderse tras una lejana colina y en ese instante se percató en los arbustos, ya no temblaban. Se acercó que tranquilidad y confianza y compartió con ellos su particular visión, cuando hubo acabado los notó cambiados, seguros y con esa singular triste alegría que lo invadía. Se sonrió una vez más e internó en la espesura.