domingo, 24 de octubre de 2010
ROJO
Caída. Un rojo cegador lo envuelve todo, torbellino enfebrecido, lacerante sonido de agujas penetrando una superficie algodonosa. La velocidad vomita su aire contenido zarandeándolo de lado a lado en las entrañas irritadas de la informe masa sin sustancia; baile de dientes afilados y regustos amargos y dulces a un tiempo.
Caída. Se instala en su cerebro una pulsión, energía surgida de un fondo misterioso; en mitad de la tormenta de sanguíneos rayos hay una presencia que ahora contempla y comienza a cuestionar. Sin darse cuenta, se encuentra frente a dos manos con ojos interrogantes y ceño fruncido. Aquellas falanges son suyas, es él quien inquiere y siente su desnudez desvalida frente al imparable huracán y sin embargo percibe que hay algo que podría hacer para salir de allí. Empieza a dirigirse a pesar de los empujones del vehemente viento y pronto el intenso fulgor rojizo deviene en pálido, pronto encuentra una plataforma sobre la que se posa pesadamente.
Yace sentado, inspecciona las nuevas sensaciones, la firmeza del suelo la parece cálida y confortable aportándole una agradable sensación de control. Tras un breve descanso decide que es tiempo de tratar de moverse por sus propios medios de modo que intenta avanzar gateando, más de semejante manera apenas es capaz de levantar la mirada del suelo, es por ello que resuelve erguirse, adquirir una nueva perspectiva. La creciente emoción de los fugaces vistazos al levantarse hace que los ineficaces esfuerzos iniciales no mermen su resolución. En poco tiempo aprende a colocar el cuerpo y poco a poco consigue mantenerse e incluso avanzar con dificultad. Miles de formas se despliegan ante sus atónitos ojos, en un primer momento todas parecen hermanadas y difusas por la fina niebla que cubre el paraje, pero conforme camina una suave claridad aparece obligando a retroceder a la niebla hasta hacerla desaparecer de la vista. Ahora puede apreciar los objetos y su sutil naturaleza; se maravilla de la sencilla complejidad de su arquitectura, de las múltiples diferencias y ocasionales similitudes, ello le hace sentir que ha encontrado la llave que abarca el conocimiento de aquel vasto lugar.
Un día, paseando su espíritu curioso se topa con una gigantesca puerta negra de la que sale una gruesa cadena. Decide seguirla y camina durante horas y horas en compañía de una tenue alteración en la tonalidad de la cadena, la cual va abandonando el negro en favor del gris, y el grosor decreciente de la misma. Finalmente consigue alcanzar el umbral de una gigantesca puerta blanca, cuyo color se mimetiza con el de la cadena y donde parece morir la misma, idénticamente gruesa a como era en el umbral de la puerta negra. Trata de abrirla en vano, estira, golpea, grita y se revuelve, fútil esfuerzo ante el incólume portón. No se da cuenta, pero en lontananza hace su aparición la vaporosa y fina niebla, desparramándose tranquila. El suelo tiembla ante la magnitud e intensidad de su afán y sin embargo ello no detiene su determinación. Vuelve a seguir el rastro de la cadena hasta su mismo centro, donde es más fina y una vez allí, con renovado ahínco, intenta de nuevo partirla en vano y es cuando a punto está de abandonar que observa un leve movimiento ondulatorio que recorre la superficie metálica. Entrecierra los ojos y en un destello la cadena se abalanza sobre él rodeándolo e inmovilizándolo. El abrazo es férreo pero no letal, aprieta sin asfixiar aunque la imposibilidad de moverse genera una ansiedad terrorífica, el sudor mana de sus poros en respuesta y la respiración se corta y recupera con caótica dificultad. Intenta luchar y librarse del estrujón hasta quedar exhausto y terminar rendido, postrado y finalmente dormido sin posibilidad de escapatoria.
Al despertar comprueba con intenso horror que si bien la cadena ha dejado de rodearle, ahora atraviesa su cuerpo de lado a lado sin haber producido herida o molestia alguna. La impotencia se adueña de nuevo de él, una tibia intentona de retirarla y un dolor lacerante y desgarrador le señalan que no existe probabilidad de librase de ella, de tal manera que resuelve vivir así y al hacerlo comprueba como se afloja la tirantez y le es permitido el movimiento. Procura volver a su anterior vida de exploración y descubrimientos; hay épocas enteras en que apenas nota la presencia de las ataduras, no obstante, periódicamente la cadena recupera su tensión traccionando en un sentido u otro y en esos momentos un agudo y penetrante dolor recorre su cuerpo en una punzante y espantosa descarga. En los últimos días se ha incrementado la frecuencia de las desagradables visitas, instantes de rigidez y dolor y con ellas ha aparecido un pequeña herida en la cabeza que es incapaz de cerrarse, cicatriza en los períodos de quiescencia y reabre en los de tirantez, espantoso recordatorio de un fenómeno al que no es capaz de encontrar explicación.
Una nueva e inesperada sacudida, sonido de fibras desgarradas, quemazón irradiada, ojos a punto de hundirse en las órbitas; desesperación sin límite, la cicatriz empieza a rasgarse con una lentitud insoportable, sin apenas darse cuenta de ello sus dedos se introducen en la herida, profundizan y con una fuerza desconocida tratan de separar aún más los dos extremos de la herida consiguiendo que en poco tiempo lleguen a ambos lados de la cabeza y continúen su progresión desciendo por cuello y tronco hasta volver a unirse en un ahogado y pavoroso alarido. Caen las dos mitades a ambos lados, se desvanece toda sensación, la cadena permanece unida a los fragmentos en el suelo, la bruma lo cubre todo poco a poco.
Abandona la plataforma, ya no hay rojo, únicamente un intenso blanco que lo envuelve, no sabe si cae o asciende, si es el fin, el principio o ambos a un tiempo. Sólo sabe sin saber que la tranquilidad se ha convertido en su compañera.
CÍRCULO
Había comenzado a aclararse la impenetrable oscuridad en el horizonte, lentamente el nocturno velo se retiraba y daba paso a una tímida y apagada luz, arrullada por el canto monocorde de los grillos. La ciudad aún dormitaba y sin embargo había un alma joven y apresurada por la inminencia de su despertar.
Dispuso las pocas cosas que consideraba útiles sobre la cama y las colocó en el interior de una pequeña bolsa, estaba listo y su inflamado pecho así lo atestiguaba. Abrió las ventanas y la fría brisa matutina le envolvió con su abrazo, aspiró profundamente y contempló el horizonte, la luz iba ganando en confianza y presencia. Se sonrió y dedicó un último adiós a su mundo, un reclamo más vasto le llamaba y atraía, hacía ya un tiempo que le venía cantando hasta haber captado su atención y esa mismo noche le había ganada para sí, esa misma noche la sagrada misión de una búsqueda se había apoderado de su ser. Con alegría y determinación se deslizó fuera de la estancia y encaminó sus pasos fuera de la ciudad, hacia el horizonte del que procedía la luz.
Sin embargo no había de ser el único en salir raudo de la ciudad, otro alma joven, acuciada por terribles actos cometidos en el pasado, huía atropellada en dirección opuesta, en la dirección contraria a la salida de la luz, en un desesperado intento por fundirse con las sombras y poder escapar a sus recuerdos.
Pasaron los años y el joven aún mantenía la esperanza de la búsqueda, de cuando en cuando se topaba con prístinas huellas que lo dirigían a nuevos lugares, más cuando con mayor ahínco y dedicación las buscaba, más burlonas y esquivas se mostraban. Y así el tiempo fue transcurriendo y comenzaron a escasear cada vez más, a mostrarse cada vez más hurañas, hasta que un buen día desaparecieron en el linde de una áspera tierra que desembocaba en un interminable desierto de abrasadas dunas. La desesperación se adueño entonces de su corazón, volvió la vista atrás y pensó en el confort de su hogar, en todo lo que había sacrificado y en sus manos vacías y huesudas. Supo entonces que ya no le quedaba más que seguir hacia delante, dejó a un lado su pequeña bolsa y se adentró en el desierto.
Para el joven que huía también había corrido el tiempo, pero de un modo diferente. Nunca pudo fundirse con las sombras y sin embargo los atroces fantasmas de su pasado todavía no habían conseguido alcanzarlo, una tibia calma presidía habitualmente su vida y aunque era incapaz de no echar una mirada hacia atrás, cada vez lo hacía con menor frecuencia. Aún así, las oscuras fuerzas que lo perseguían eran demasiado horribles como para volverles definitivamente la espalda, por lo que tomó la determinación de alejarse todo lo que pudiera de ellas, de internarse en un lugar a donde no pudieran seguirlo. Ocultó su bolsa de viaje bajo la tierra y se adentró en el desierto que abrumador se desplegaba ante el.
Largo y penoso fue el camino que se encontraron, sin apenas agua y comida, lacerados por el calor y por el frío, sin saber si habían perdido la razón, si deliraban, asediados por terroríficas imágenes, tentados por sus anhelos más secretos y obligados a avanzar sin descanso. Que importaban ya las motivaciones que les habían empujado hacia aquel lugar, que importaba ya la búsqueda o la huida. Llegó un momento en que inclusive las ropas comenzaron a pesarles en exceso, a rozarles y herir su debilitado armazón por lo que se las quitaron y siguieron su camino siempre hacia delante, sin motivos, sin dudas, sólo caminar.
Ocurrió entonces que el hombre que inicialmente emprendió una búsqueda, vio una extraña luz negra en la lejanía, que no parecía surgir de parte alguna. Y el hombre que inicialmente había emprendido una huida, contempló una intensa luz blanca suspendida. Se acercaron con cautela pero sin desconfianza, aquella luz no parecía irradiar nada hostil, pero tampoco nada benéfico, simplemente estaba allí. Se hallaban ya muy cerca cuando de pronto algo les sobresaltó, una imagen parecía surgir de dentro de esa luz. Una imagen de un hombre. De ambas luces, negra y blanca, surgió una figura que sorprendió inicialmente a los dos hombres. Aquella imagen era el mismo.