- Es por la luz - Replicó. - ¿Te has fijado en cómo ha cambiado? - Dijo medio enfadado.
- Si - Respondió dibujando un ligera sonrisa en su rostro.
sábado, 29 de diciembre de 2012
VERSIONES
domingo, 27 de noviembre de 2011
EL GRAN MAESTRO DEL CAMBIO
El Gran Maestro del Cambio observó con detenimiento su obra. Llevaba mucho tiempo haciéndolo en silencio y complacido por el constante devenir, la impermanencia que ni siquiera él era capaz de penetrar con su aguda mirada y la singular belleza del movimiento sin posibilidad alguna de detención, aparente caos de formas multicolor y negras oscuridades satinadas. Sin embargo, un momento fue suficiente para que decidiese introducir un nuevo elemento, distinto de los que hasta ahora habían compartido sitio en el tapete cósmico. Escogió una forma existente y la alteró levemente jugueteando con sus manos caprichosas; cuando hubo acabado, llevó a cabo el movimiento que habría de alterar el equilibrio dinámico reinante. Confirió su propio hálito a aquel ser, dotándolo de su misma esencia encerrada en un caparazón indistinguible del resto de las formas. Tras crear varias de estas e impregnarlas de su esencia se sintió satisfecho y las colocó con delicadeza sobre el tapete.
Sonido rítmico y envolvente, abrupto contacto y burbujeo descendente para instantes más tarde repetirse de nuevo confiriendo una agradable sensación de sosiego. En respuesta a ese sonido, una fina y cíclica manta le moja casi por completo al querer cubrirle y se retira con dulzura, mas un cariñoso, cálido y perenne roce le protege del frío. Abre los ojos, un intenso fulgor le impide percibir nada por unos leves instantes, se gira y su visión se aclara con lentitud con una pausa que dignifica el bello espectáculo que le aguarda; un suelo tostado y húmedo con la silueta de su propia forma haciéndole de lecho y junto a ella una superficie distinta, azul oscuro y profundo en la lejanía, transparente y fina como una gasa en las proximidades, con una superficie inquieta y encrespada que se desparrama con suavidad. Al otro lado se levanta una muralla de distintos verdes, repleta de matices y tonalidades, alternándose con marrones, rojos y amarillos y junto a todo ello el maravilloso y embriagador sonido rítmico, que le mece y acuna con gentileza.
Se levanta y encuentra otros seres en la orilla, todos despertando como de un letargo, mirando en derredor extasiados e incorporándose casi a un tiempo. Se miran entre sí y sin saber por qué se sonríen y corren al encuentro sabiéndose hermanos, reconociéndose los unos en los otros. Poco a poco todos deciden alejarse en dirección a la muralla verdusca, como si percibiesen instintivamente una aparente hostilidad en la oscilante y vasta superficie que hasta hace nada los arrullaba. Todos menos él y algún otro, que se quedan rezagados contemplando con una cierta misteriosa fascinación aquel claro azulado. Sin saber muy bien la causa, se acerca de nuevo a la orilla, al contacto húmedo y refrescante y se zambulle en las aguas, se introduce y emerge, dentro de ese elemento no le es posible respirar, se mueve con dificultad y está presente de un modo silente la amenaza de ser arrastrado a la hondura oscura, fría admonición en lontananza. Nada de nuevo hacia la orilla y un nuevo rizo lo expulsa abruptamente. Alguno de los otros ha sufrido idéntica experiencia, se miran, ahora comprenden la hostilidad percibida por los demás, pero también la vivificante experiencia de buceo y nado, extrañamente agradable. Enseguida se ven rodeados por los demás que han decidido regresar por si hubieran necesitado de alguna ayuda y que los contemplan con ojos sorprendidos. Todos terminan resolviendo que aquel no es sitio para ellos y deciden marcharse a la espesura.
Poco a poco comienzan a advertir ciertos cambios que los aturden, la bóveda sobre sus cabezas se oscurece gradualmente y ello hace que un creciente reino de sombras y miedo los rodee. Deciden mantenerse unidos y comprueban con desazón que la oscuridad no desea retirarse con presteza, más aún, se acompaña de sonidos raros y turbadores, de una renovada energía naciendo al albor de las tinieblas. Sus propios cuerpos comienzan a mostrar signos de fatiga, los ojos se cierran, los miembros se entumecen, la atención decae y de tal manera pasan su primera noche con el único calor proporcionado por sus cuerpos anudados. Despiertan ateridos, tiritando y cansados por el miedo y el escaso sueño, además una nueva sensación se ha apoderado de sus cuerpos y mentes, un curioso hormigueo en el estómago, una pulsión que los dirige en busca de algo con que alimentarse. Algunos se lanzan sin más a lo primero que ven, hojas inervadas, raíces superficiales y flores silvestres, pero rápidamente comprueban que eso no es lo que sus cuerpos necesitan, de nuevo el instinto los ayuda a decidir un nuevo rumbo. Observan con detenimiento a otros animalillos y comprueban como se dirigen casi selectivamente en pos de algunas especies características de plantas y árboles, con llamativos y voluptuosos apéndices henchidos de sugerentes colores y atractivas formas rebosantes de promesas para el estómago dolorido y acuciado por el hambre. Saciados se sientan. Uno de ellos parece no haber quedado satisfecho movido por el temor a no encontrar nada en el día venidero y enfoca su atención en una pequeña planta aparentemente olvidada tanto por sus compañeros como por el resto de animales, magnífica y repleta de frutos de un intenso rojo, moteada por diminutos puntos azulados y con una piel tersa como si estuviera a punto de estallar en una explosión de sabor y blanda y azucarada pulpa. Los más cercanos tratan de advertirle, de frenarle, debe haber algún motivo para que esa planta, pequeña pero majestuosa e inmaculada, sea respetada por el resto de habitantes del bosque. Pero él no detiene su marcha, encandilado por la irresistible melodía vegetal, arranca triunfal uno de aquellos frutos y lo engulle con rapidez y tras el siguen dos frutos más sin mediar pausa alguna. Parece satisfecho y decidido a continuar su particular y solitario festín, cuando de pronto un intenso dolor aguijonea con despiadada crueldad el estómago y bloquea férreamente su garganta cayendo desplomado. Los demás tratan de ayudarle en vano, en escasos segundos queda inerte, inmóvil, sin brillo en los ojos; intentan despertarlo como si fuera presa de un sueño maldito y obstinado. Al poco se dan cuenta de que de algún modo ya no está allí con ellos, sólo el cuerpo frío y rígido con una mueca de dolor surcando el rostro.
Alejados del infausto lugar se reúnen y concluyen la importancia de aprender de la naturaleza para evitar los peligros futuros. Cavilan durante largo tiempo mientras el cielo muta su color y desfilan elegantes las escasas estrellas que permite ver la pálida luz de la Luna, sonriente y recortada sobre un fondo oscuro que realza su sinuosa figura. Al alba, la luz anaranjada reta a las sombras y consigue que estas retrocedan e inclinen ante la majestuosidad del renacimiento del divino y caritativo portador de la luz, al que algunos consagran su alegría y respetuosa devoción a través de una profunda reverencia. Junto a la luz llega el calor, reconfortante y cordial y junto a ella el despertar del resto. Él ha sido el primero en despertarse, todavía en mitad de la fría oscuridad, contemplando los drásticos cambios que acontecen en pocas horas y el extraño despertar de sus compañeros, todos incorporándose desconcertados, como si hubiera algo que los hubiese inquietado y agitado en el curso de la noche, a la vez que reconoce el eco de tal alteración en sí mismo, resonando débil pero insistente. Aquella mañana no conforman un círculo todos abrazados, como hasta ahora habían hecho. Se miran de un modo misterioso, sorprendidos, como si una chisporroteante energía estuviera a punto de salir de las puntas de sus dedos manchados de barro, como si una fuerza misteriosa se hubiese instalado en alguna parte de sus débiles cuerpos, anhelante de escapar y dar rienda suelta a su poder. De pronto algo ocurre; uno de ellos parece absorto y concentrado en una gruesa rama seca que descansa imperturbable a escasos metros de él, cuando a un movimiento de su mano en el aire la rama se yergue colocándose horizontal y levitando sobre el suelo; a un nuevo gesto de su otra mano comienzan a desprenderse jirones de madera de uno de sus extremos acompañando un sinuoso trazo giratorio de la mano hasta conformar una punta afilada en extremo. Se acerca y toma la rama transformada con sus dos manos, aferrándola con fuerza y girando sobre sí mismo buscando algo incomprensible para los demás. En un determinado instante se detiene y proyecta con fuerza la rama hacia adelante, cuyo vuelo limpio y casi horizontal concluye abruptamente al insertarse con inusitado vigor en el tronco de un gran árbol cercano que sangra entristecido.
Aquel hecho genera una gran conmoción, pero nadie percibe la tristeza. Empiezan a atisbar el poder latente en sus cuerpos y rápidamente procuran concentrarse y obrar algo similar a lo realizado. Poco a poco algunos objetos creados por su voluntad comienzan a surgir de los elementos más inusuales. Unas cuantas lunas y empiezan a mezclar unos elementos con otros, unas cuantas más y el fértil valle cercano a la costa modifica su figura, cambia su rostro e incluso su mirada en respuesta a la arrolladora fuerza creativa de un puñado de pequeñas criaturas. Continúan su aprendizaje y probaturas hasta que una noche, coincidente con una rechoncha y algo apagada Luna, se produce una escisión en el grupo, separación que hacía tiempo venía gestándose y que encuentra su expresión final en la aspiración de la mayoría por continuar el estudio, por hacer crecer sus habilidades, por ganar en potencia y conocimientos y resuelta en la determinación por abandonar el frondoso valle y ascender al amplio pico del horizonte, lejano promontorio promisorio de renovados retos. Uno escaso puñado prefiere quedarse y continuar su vida sin desear seguir creciendo en conocimiento, con cierta añoranza de los primeros días en los que el gran poder se había revelado y apenas desarrollado y el secreto anhelo de fundirse con el entorno natural.
Sin excesivo esfuerzo hollaron el pico, pero tras su angosta cima observaron algunas montañas dispersas más elevadas aún, contorneadas en la lejanía azulada. Ello incrementó su ánimo y generó una nueva escisión ya que no todos optaron por ascender a la misma cima. Los días fueron cambiando, volviéndose más extremos, frío afilado y calor sofocante, naturaleza cada vez más descarnada y hostil abanderada por terroríficas tormentas y vientos huracanados, por estériles trechos de tierra yerma, animales peligrosos y amenazadores movimientos de tierra. Mas ante todo aquello, la vibrante energía de su voluntad crecía en poderío y conseguía someter a la naturaleza cambiante hasta dejar de preocuparse y estudiar los cambios de la misma, centrándose en exclusiva en su manipulación despreocupada. Se erigían refugios con sólo desearlo, ropajes frente a los elementos, se alteraba el curso de los ríos que estorbasen el camino a las cimas y desplazaban hileras completas de árboles. Algunos habían perdido la vida, otros habían extraviado su camino perdiéndose en las sombras y en aquella noche desprovista de Luna y teñida por completo de honda negrura, el grupo atisbó la que consideraron a partir de entonces su meta suprema, la cima del Gran Pico donde los dedos de la Tierra y el Cielo se rozan, al final de todas las demás cimas. Debían coronar cada una de ellas en su camino hasta que se presentase en el lejano horizonte el Gran Pico. Infinitos serían entonces los poderes de los que consiguiesen alcanzarlo, la misma realidad se plegaría ante un simple pensamiento, nada escaparía a su control y su voluntad. Encendidos, presa de un intenso deseo, de la legítima aspiración reservada para los valientes, emprendieron de nuevo la marcha.
Extraños días les aguardaron. La animosidad del medio volvió a cambiar virando hacia una mayor agresividad, pero una agresividad provista de nuevas argucias. Todos los días mutaba el suelo bajo sus pies. Podía ser un barro hambriento o un lecho de fuego, bosques transformados de repente en refulgentes pirámides de cristal capaces de abrasar a cualquiera que quedase en mitad de ellas al reflejar la luz del Sol, lluvia de afiladas puntas de metal, brumas espesas de ácidos letales. Apenas podían despistarse o descansar, tiempo hacía que levitaban sobre el suelo y en ocasiones algunos habían de perecer hasta obtener el conocimiento para continuar, el escudo de sombras frente a la hiriente luz o la crisálida transparente impenetrable. Todos los días algunos de los conocimientos del día anterior dejaban de ser válidos y no recordaban ninguna idea que tuviese vigencia transcurrido un cierto tiempo. Sin embargo, le meta bien merecía el esfuerzo, la posibilidad de ser dioses omnipotentes. Aquel pensamiento era aliento suficiente, depositario de una creatividad adaptada al cambiante entorno. Se sabían muchísimo más poderosos, cada día eran capaces de mayores logros, con regularidad una nueva cima era alcanzada, pero siempre, invariablemente, estaba secundada por un nuevo pico en la lejanía y renovados peligros hasta su puerta.
Un día, aquel que se zambulló en las aguas de la playa habiéndose rezagado del grupo, se ve de pronto acorralado por un repentino corrimiento de tierra líquida y solidificada al instante que lo envuelve y entierra con rapidez. Está solo y nadie parece acudir en su auxilio, el aire se agota y la tierra se cierra sobre sí misma con creciente velocidad. Se concentra, extiende las palmas de las manos y la tierra se resquebraja con lentitud mostrando una grieta por la que huir aunque extrañamente no por donde él había determinado que debía hacerlo. Al salir ve al resto del grupo avanzando sin volver la vista atrás, luchando con denuedo, mas también, a un lado, un diminuto claro coronado por una enorme piedra en un bosque como los que hacía años que no contemplaba, un bosque como los de los primeros días. Asciende a la piedra y vuelve a contemplar a sus compañeros alejándose. Sin saber por qué decide sentarse, conocedor del peligro letal inherente a la pausa, movido por una sensación de confort y tranquilidad ya olvidadas. Se sienta sin mirar a sus compañero avanzar ni tampoco el sitio del que procedían y otea ese nuevo horizonte abierto en el lateral de la montaña. Siente el aire fresco acariciando con suavidad sus cabellos, el olor a tierra húmeda, los sonidos de los diminutos pajarillos de las copas de los árboles, el intenso azul salpicado de densas nubes y el cálido y amable roce de la roca. Sin desearlo, se ve invadido por una sensación de pena insondable, por los que se quedaron atrás, los que deseaban regresar a la naturaleza primordial sin aceptar el poder como algo innato y consustancial a la suya propia y también por los eternos anhelantes de la Gran Cima por identificarse por completo con su poder, desdeñando todo lo demás, sabedor de que jamás hollarán la mítica cima. Incomprendidos de sí mismos y perdidos en un terrible laberinto.
Sobre la roca, tranquilo y despreocupado. El viento sopla y braman los árboles y arbustos, el verde refulge con intensidad bajo el Sol, el aroma a flores silvestres inunda con sutileza el claro, un arroyuelo corretea a los lejos. Aquella es la Cima. Todas lo son y ninguna lo es. Inmutable y siempre cambiante.
El Gran Maestro del Cambio se sobresaltó como jamás lo había hecho con anterioridad, se volvió sobre un minúsculo punto del gran tapete cósmico y lo escrutó con detenimiento y preocupación. Una de sus creaciones acababa de desaparecer sin dejar rastro alguno. Aquello no era posible. ¿Cómo lo había hecho? ¿Dónde había marchado? Mientras se cuestionaba con perplejidad cientos de cosas, una luz apareció a su espalda. Se gira y con inusitado asombro se encuentra frente al desaparecido quien le mira con enigmática sonrisa y tras un breve instante desaparece de nuevo.
Sobre la roca, tranquilo y despreocupado.
domingo, 24 de octubre de 2010
ROJO
Caída. Un rojo cegador lo envuelve todo, torbellino enfebrecido, lacerante sonido de agujas penetrando una superficie algodonosa. La velocidad vomita su aire contenido zarandeándolo de lado a lado en las entrañas irritadas de la informe masa sin sustancia; baile de dientes afilados y regustos amargos y dulces a un tiempo.
Caída. Se instala en su cerebro una pulsión, energía surgida de un fondo misterioso; en mitad de la tormenta de sanguíneos rayos hay una presencia que ahora contempla y comienza a cuestionar. Sin darse cuenta, se encuentra frente a dos manos con ojos interrogantes y ceño fruncido. Aquellas falanges son suyas, es él quien inquiere y siente su desnudez desvalida frente al imparable huracán y sin embargo percibe que hay algo que podría hacer para salir de allí. Empieza a dirigirse a pesar de los empujones del vehemente viento y pronto el intenso fulgor rojizo deviene en pálido, pronto encuentra una plataforma sobre la que se posa pesadamente.
Yace sentado, inspecciona las nuevas sensaciones, la firmeza del suelo la parece cálida y confortable aportándole una agradable sensación de control. Tras un breve descanso decide que es tiempo de tratar de moverse por sus propios medios de modo que intenta avanzar gateando, más de semejante manera apenas es capaz de levantar la mirada del suelo, es por ello que resuelve erguirse, adquirir una nueva perspectiva. La creciente emoción de los fugaces vistazos al levantarse hace que los ineficaces esfuerzos iniciales no mermen su resolución. En poco tiempo aprende a colocar el cuerpo y poco a poco consigue mantenerse e incluso avanzar con dificultad. Miles de formas se despliegan ante sus atónitos ojos, en un primer momento todas parecen hermanadas y difusas por la fina niebla que cubre el paraje, pero conforme camina una suave claridad aparece obligando a retroceder a la niebla hasta hacerla desaparecer de la vista. Ahora puede apreciar los objetos y su sutil naturaleza; se maravilla de la sencilla complejidad de su arquitectura, de las múltiples diferencias y ocasionales similitudes, ello le hace sentir que ha encontrado la llave que abarca el conocimiento de aquel vasto lugar.
Un día, paseando su espíritu curioso se topa con una gigantesca puerta negra de la que sale una gruesa cadena. Decide seguirla y camina durante horas y horas en compañía de una tenue alteración en la tonalidad de la cadena, la cual va abandonando el negro en favor del gris, y el grosor decreciente de la misma. Finalmente consigue alcanzar el umbral de una gigantesca puerta blanca, cuyo color se mimetiza con el de la cadena y donde parece morir la misma, idénticamente gruesa a como era en el umbral de la puerta negra. Trata de abrirla en vano, estira, golpea, grita y se revuelve, fútil esfuerzo ante el incólume portón. No se da cuenta, pero en lontananza hace su aparición la vaporosa y fina niebla, desparramándose tranquila. El suelo tiembla ante la magnitud e intensidad de su afán y sin embargo ello no detiene su determinación. Vuelve a seguir el rastro de la cadena hasta su mismo centro, donde es más fina y una vez allí, con renovado ahínco, intenta de nuevo partirla en vano y es cuando a punto está de abandonar que observa un leve movimiento ondulatorio que recorre la superficie metálica. Entrecierra los ojos y en un destello la cadena se abalanza sobre él rodeándolo e inmovilizándolo. El abrazo es férreo pero no letal, aprieta sin asfixiar aunque la imposibilidad de moverse genera una ansiedad terrorífica, el sudor mana de sus poros en respuesta y la respiración se corta y recupera con caótica dificultad. Intenta luchar y librarse del estrujón hasta quedar exhausto y terminar rendido, postrado y finalmente dormido sin posibilidad de escapatoria.
Al despertar comprueba con intenso horror que si bien la cadena ha dejado de rodearle, ahora atraviesa su cuerpo de lado a lado sin haber producido herida o molestia alguna. La impotencia se adueña de nuevo de él, una tibia intentona de retirarla y un dolor lacerante y desgarrador le señalan que no existe probabilidad de librase de ella, de tal manera que resuelve vivir así y al hacerlo comprueba como se afloja la tirantez y le es permitido el movimiento. Procura volver a su anterior vida de exploración y descubrimientos; hay épocas enteras en que apenas nota la presencia de las ataduras, no obstante, periódicamente la cadena recupera su tensión traccionando en un sentido u otro y en esos momentos un agudo y penetrante dolor recorre su cuerpo en una punzante y espantosa descarga. En los últimos días se ha incrementado la frecuencia de las desagradables visitas, instantes de rigidez y dolor y con ellas ha aparecido un pequeña herida en la cabeza que es incapaz de cerrarse, cicatriza en los períodos de quiescencia y reabre en los de tirantez, espantoso recordatorio de un fenómeno al que no es capaz de encontrar explicación.
Una nueva e inesperada sacudida, sonido de fibras desgarradas, quemazón irradiada, ojos a punto de hundirse en las órbitas; desesperación sin límite, la cicatriz empieza a rasgarse con una lentitud insoportable, sin apenas darse cuenta de ello sus dedos se introducen en la herida, profundizan y con una fuerza desconocida tratan de separar aún más los dos extremos de la herida consiguiendo que en poco tiempo lleguen a ambos lados de la cabeza y continúen su progresión desciendo por cuello y tronco hasta volver a unirse en un ahogado y pavoroso alarido. Caen las dos mitades a ambos lados, se desvanece toda sensación, la cadena permanece unida a los fragmentos en el suelo, la bruma lo cubre todo poco a poco.
Abandona la plataforma, ya no hay rojo, únicamente un intenso blanco que lo envuelve, no sabe si cae o asciende, si es el fin, el principio o ambos a un tiempo. Sólo sabe sin saber que la tranquilidad se ha convertido en su compañera.
CÍRCULO
Había comenzado a aclararse la impenetrable oscuridad en el horizonte, lentamente el nocturno velo se retiraba y daba paso a una tímida y apagada luz, arrullada por el canto monocorde de los grillos. La ciudad aún dormitaba y sin embargo había un alma joven y apresurada por la inminencia de su despertar.
Dispuso las pocas cosas que consideraba útiles sobre la cama y las colocó en el interior de una pequeña bolsa, estaba listo y su inflamado pecho así lo atestiguaba. Abrió las ventanas y la fría brisa matutina le envolvió con su abrazo, aspiró profundamente y contempló el horizonte, la luz iba ganando en confianza y presencia. Se sonrió y dedicó un último adiós a su mundo, un reclamo más vasto le llamaba y atraía, hacía ya un tiempo que le venía cantando hasta haber captado su atención y esa mismo noche le había ganada para sí, esa misma noche la sagrada misión de una búsqueda se había apoderado de su ser. Con alegría y determinación se deslizó fuera de la estancia y encaminó sus pasos fuera de la ciudad, hacia el horizonte del que procedía la luz.
Sin embargo no había de ser el único en salir raudo de la ciudad, otro alma joven, acuciada por terribles actos cometidos en el pasado, huía atropellada en dirección opuesta, en la dirección contraria a la salida de la luz, en un desesperado intento por fundirse con las sombras y poder escapar a sus recuerdos.
Pasaron los años y el joven aún mantenía la esperanza de la búsqueda, de cuando en cuando se topaba con prístinas huellas que lo dirigían a nuevos lugares, más cuando con mayor ahínco y dedicación las buscaba, más burlonas y esquivas se mostraban. Y así el tiempo fue transcurriendo y comenzaron a escasear cada vez más, a mostrarse cada vez más hurañas, hasta que un buen día desaparecieron en el linde de una áspera tierra que desembocaba en un interminable desierto de abrasadas dunas. La desesperación se adueño entonces de su corazón, volvió la vista atrás y pensó en el confort de su hogar, en todo lo que había sacrificado y en sus manos vacías y huesudas. Supo entonces que ya no le quedaba más que seguir hacia delante, dejó a un lado su pequeña bolsa y se adentró en el desierto.
Para el joven que huía también había corrido el tiempo, pero de un modo diferente. Nunca pudo fundirse con las sombras y sin embargo los atroces fantasmas de su pasado todavía no habían conseguido alcanzarlo, una tibia calma presidía habitualmente su vida y aunque era incapaz de no echar una mirada hacia atrás, cada vez lo hacía con menor frecuencia. Aún así, las oscuras fuerzas que lo perseguían eran demasiado horribles como para volverles definitivamente la espalda, por lo que tomó la determinación de alejarse todo lo que pudiera de ellas, de internarse en un lugar a donde no pudieran seguirlo. Ocultó su bolsa de viaje bajo la tierra y se adentró en el desierto que abrumador se desplegaba ante el.
Largo y penoso fue el camino que se encontraron, sin apenas agua y comida, lacerados por el calor y por el frío, sin saber si habían perdido la razón, si deliraban, asediados por terroríficas imágenes, tentados por sus anhelos más secretos y obligados a avanzar sin descanso. Que importaban ya las motivaciones que les habían empujado hacia aquel lugar, que importaba ya la búsqueda o la huida. Llegó un momento en que inclusive las ropas comenzaron a pesarles en exceso, a rozarles y herir su debilitado armazón por lo que se las quitaron y siguieron su camino siempre hacia delante, sin motivos, sin dudas, sólo caminar.
Ocurrió entonces que el hombre que inicialmente emprendió una búsqueda, vio una extraña luz negra en la lejanía, que no parecía surgir de parte alguna. Y el hombre que inicialmente había emprendido una huida, contempló una intensa luz blanca suspendida. Se acercaron con cautela pero sin desconfianza, aquella luz no parecía irradiar nada hostil, pero tampoco nada benéfico, simplemente estaba allí. Se hallaban ya muy cerca cuando de pronto algo les sobresaltó, una imagen parecía surgir de dentro de esa luz. Una imagen de un hombre. De ambas luces, negra y blanca, surgió una figura que sorprendió inicialmente a los dos hombres. Aquella imagen era el mismo.
martes, 29 de diciembre de 2009
EL RELOJ DE ARENA
Observó el lento y gradual precipitarse de los angustiados granos que en fútil esfuerzo trataban de aferrase desesperadamente a algo, incapaces de ayudarse unos a otros, siendo arrastrados por una invisible e inflexible fuerza. Pudo contemplar el terror en sus antaño pétreos rostros y sentir el siniestro tañido de lejanas campanas.
A través de los límpidos y acrisolados bulbos le fue dado ver lo que el destino depararía a esos infortunados y minúsculos gránulos; los vió caer y golpearse violentamente mientras se apilaban cubriéndose con sus despojos. No había tregua en aquel fúnebre camino, no había paradas ni descansos y mientras, los bisoños reposaban alegres en la cima, ajenos a la macabra danza que se interpretaba bajo sus pies y que en algún momento les alcanzaría con su irresistible melodía.
Se levantó y caminó unos pasos hacia la ventana, hacía frío y las nubes cubrían los cielos, amenazantes en su negrura, filtrando una tenue luz que todo lo abarcaba. Las calles desoladas eran ocasionalmente surcadas por algún aguerrido espíritu que aparecía y desaparecía con presteza. Se sintió falto de fuerzas, cansado. Había trabajado toda su vida con diligencia y dedicación, mas en los últimos tiempos había perdido el sentido de aquella consagración. No sólo le había ocurrido este fenómeno en la esfera del trabajo cotidiano, había salpicado igualmente cada rincón de su ser haciendo temblar los cimientos de una existencia que ahora interpretaba frágil y desprovista de motivo.
La energía le abandonaba gradualmente, todavía sentía impulsos de correr y brincar, escalar, gritar, comer y escanciar la copa de la vida. Sin embargo, su cuerpo se negaba a acompañarle, se sentía más torpe y más lento, traicionado y disminuido. Cada intento allende la prudencia era contestado en forma de los más diversos dolores y padecimientos o con pequeños accidentes que incidían en la creciente impotencia. Incluso el refugio de las memorias dejó de ser seguro y apacible, como si sus ventanas se hubiesen abierto de pronto y un gélido y arremolinado viento hubiera penetrado la estancia convirtiéndola en lacerante recordatorio de que hubo un tiempo en que había sido grande y poderoso. Deseó entonces poder borrarlas de su cabeza, eliminar aquel insidioso archivo, testigo de su decadencia.
Un abrupto golpe de tos lejano le hizo entrecerrar los ojos un instante. Su convaleciente padre acababa de despertar. Se detuvo a los pies de la cama; aquella era la imagen del ocaso del hombre, el símbolo viviente de sus temores. Su progenitor no era capaz de valerse por sí mismo, le fallaba con frecuencia la memoria y tendía a repetir las mismas viejas historias. A pesar de todo, jamás le había escuchado queja alguna ni visto flaquear su ánimo en consonancia con su maltrecho envoltorio. Lo había interpretado como el rasgo estoico de un carácter antiguo forjado por un tiempo pretérito más áspero y duro. Con el transcurso de los años se había tornado más y más callado, había abandonado su querencia por el enjuiciamiento y la discusión y se había visto forzado a renunciar a la lectura a causa de la vista. En realidad, desconocía los consuelos que era capaz de encontrar en esa oscura época de la vida.
El sonido del timbre saturó la silenciosa casa. Vió salir a su mujer con una bandeja de bebidas y dejarla en el salón, las visitas llegaban antes de lo esperado. Un fino mantel cubría la mesa y sobre él se esparcían delicados bocados preparados con esmero junto con diversas bebidas, la vajilla otorgando una nota de distinción al conjunto quebrada a su vez por un alegre y colorido centro floral. Aquel era el pequeño monumento doméstico erigido con cierta regularidad por su esposa, siempre cambiante y siempre elegante y cuidado, pulcro símbolo de una sociabilidad que le era ajena casi por completo, o que al menos se le había extrañado con el devenir del tiempo.
Fue en busca de su padre y mientras le ayudaba a levantarse y asearse, escuchó el sordo quejido de la puerta abierta abruptamente, seguido por un disarmónico coro de voces agudas y estridentes, besos y saludos. Condujo a su padre con cierta lentitud por el angosto pasillo, consciente de la inevitabilidad de su inmersión en el tumulto. El primer rostro que encontró fue el de su hijo, el primer beso el de su nuera, el pequeño templo sobre la mesa había sido prácticamente reducido a escombros por sus inquietos nietos, tan sólo restaban vestigios y bandejas incompletas, la presunta formalidad se había quebrado y cada uno deambulaba con su plato o su vaso habiendo trasladado la reunión a la mesita baja junto a los confortables sillones y mientras, su mujer se hallaba sumida en la escena con una satisfacción tímida o más bien contenida. Todos parecieron alegrarse al contemplar la llegada del bisabuelo y así le agasajaron durante unos instantes, intensos y demasiado cortos, para seguir con sus quehaceres. Sentó al anciano en un enorme y acolchado sillón orejero, el suyo, el que le había gustado desde siempre y acompañado en sus interminables inmersiones literarias o musicales, tras lo cual él mismo tomó asiento un tanto apartado del epicentro de aquella dominical reunión familiar y contempló aquel pedacito de vida representado por su familia.
Su nuera conversaba animadamente con su esposa acerca de ciertos arreglos acometidos en la casa y la eventual modificación en la disposición del mobiliario mientras su hijo asentía con gesto algo mecanizado desde un sutil segundo plano, al tiempo que su mirada se perdía en una nebulosa carente de concreción. Su nieta, la mayor de los dos hermanos, paseaba por la estancia con aire algo descarado y ampuloso y coqueteaba frente al antiguo espejo de marco dorado en un esforzado y vano intento por atraer la atención de sus padres sobre su nuevo regalo, una delicada chaqueta de un profundo azul marino y grandes botones. En cuanto al pequeño, perseguía infatigable a su hermana deseoso de jugar, gateaba y sorteaba cada obstáculo por difícil que pudiera parecer hasta finalmente topar con la indiferencia e incluso una cierta hostilidad brindada por esta. Ello le hizo quedarse sentado, no parecía ofendido en absoluto, más bien absorto y de aquel ensimismamiento brotó una nueva energía. Con sus diminutas manitas se apoyó en el suelo y trató de levantarse; la mullida y cálida alfombra, siempre presta, le protegía en cada caída y trataba de arrullar sin resultado. Incesante redundaba en su esfuerzo hasta que algo distrajo su concentración: era el bisabuelo cuya mano tendida en la dirección del pequeño había captado su atención. Con torpe gateo se acercó y quedó mirando la arrugada y venerable mano como si fuese la primera vez que la viera, como si fuese una maravilla recién descubierta, mas sin desconfianza alguna. Se aferró a ella y volvió a levantarse, pero esta vez aquella benigna mano le impedía caerse y él se bamboleaba de un lado a otro como un bolo golpeado sin demasiada fuerza hasta que consiguió estabilizarse, entonces su bisabuelo extendió con suma delicadeza su otra mano y lo subió a sus rodillas para empezar a relatarle el viejo cuento del niño y el espíritu del bosque.
Fue comenzar el relato y sentirse transportado a su más tierna infancia, una época cálida y exuberante de cariño, de descubrimientos, magia desbordante, de aventura sin tregua y dulces sinsabores frente a los acerados cristales de las gafas con las que contemplaba el mundo desde hacía ya demasiado tiempo. Nuevamente se sintió cansado, falto de fuerzas y desubicado; aquel cuadro le parecía chillón y mal compuesto o tal fuera él quien no encajara y mientras cavilaba, una suave y confortable caricia comenzó a juguetear en su cuello y nuca, erizando el cabello y calentando la piel con suavidad. Se giró sorprendido y encontró un débil rayo de luz que se filtraba casi avergonzado entre la espesura lanosa y negruzca que cubría la ciudad, tiritaba y en ocasiones parecía que fuera a desaparecer en la fría inmensidad; sin embargo, no cejaba en su empeño de aportar algo de calidez a su rostro, empeño que bien pudiera ser interpretado como terca obstinación. Los demás no parecían haber reparado en ello, ni siquiera en él mismo; se acercó lentamente a la ventana como si aquel áureo destello poseyese alguna mágica y desconocida cualidad que lo atrajera hacia sí y al llegar al dintel de gastada madera oscura de la ventana contempló cómo la luz ganaba presencia de súbito, cómo parecía quemar con facilidad y separar la impenetrable malla celeste dando paso a un caudal descontrolado de dorada luz que de inmediato inundó la estancia y saturó sus ojos. Se negó a cerrarlos, aquel color pajizo, benévolo y confortable salpicaba cada rincón de la ciudad, confería un fino matiz a las siluetas montañosas en contraste con su oscuro corpachón y bañaba hasta el desbordamiento el valle, contagiándolo de su alegría y energía. No pudo sostener la mirada por más tiempo y cerró los párpados, mas la luz había saturado igualmente todo su ser de una forma tal que esta casi parecía surgir de dentro de sí mismo. Se giró, tropezó con algo y abrió los ojos de nuevo. Apenas era capaz de reconocer forma alguna, decidió quedarse quieto y aguardar, y en esa calma espera se topó con algo inesperado, una fina y misteriosa melodía que le pareció extrañamente familiar, como surgida del remoto fondo de un antiguo sueño. En cuanto la escuchó fue capaz de reconocerla y supo ver también que había cambiado en parte, era la misma de antaño pero interpretada de un modo diferente, profusamente enriquecida por muy diversos matices e incluso acompañada por nuevos instrumentos que la dotaban de una magnífica dimensión sinfónica. Un vibrante dúo de violines, en armónica consonancia, se alternaban constantemente, se daban réplica o acompañaban el uno al otro para inmediatamente mutar sus posiciones. En ocasiones daba la impresión de que luchaban entre ellos y se agredían, de que no podían estar el uno con el otro, pero era tan solo una impresión fugaz y desprovista de hondura, casi era posible ver el cariño de aquella danza que ora interpretaba uno y replicaba el otro como al contrario, la necesidad del otro para poder continuar interpretando. Junto a ellos un sutil y comprensivo violonchelo mezclaba ocasionalmente sus notas con sabiduría, sabía calmar los fogosos ímpetus y acompañar con dulzura el jugueteo de los violines, sabía permanecer a la espera y conferir una dimensión mucho mayor al magnífico ballet de aquellos, pero no sólo a estos, también acompañaba con bondadosa rectitud a un arpa bella y coqueta, que insistía en imponer su aguda canción, sin maldad alguna, deseando que se la viera como era, dulce y maravillosa flor de escalas ascendentes. A su lado resonaba una flauta traviesa, que a primera vista tal vez pudiera interpretarse su singular musicalidad como monótona, repetitiva y exasperante, pero tan solo era necesaria algo de paciencia para darse cuenta de lo denodado de su afán por interpretar nuevos registros o imitar los de los demás y la curiosa manera en que lo conseguía poco a poco, convirtiendo en un deleite nada común su contemplación. Finalmente se percató de un sonido grave que hacía su aparición muy ocasionalmente, era un timbal de voz ronca y abisal armonía cuyas insondables notas se desparramaban a cada golpe, reverberando y dotando al conjunto de la orquesta del significado del que ya ha interpretado todos los registros y conoce cada variante, otorgando su tono pleno de un amor desprovisto de intención, pura e indiferenciada inflexión que abrazaba a los demás con su invisible energía y consolaba secretamente, los guiaba y reconfortaba pues su entonación trascendía toda nota, melodía o escala que es posible conocer. No pudo sino admirar sinceramente a ese timbal sencillo y modesto que procuraba su valioso ejemplo y alegre serenidad a todo aquel capaz de escucharle.
En ese momento reconoció su propia canción y supo exactamente como debía interpretarla y que el júbilo que le acompañaba y había hecho retroceder a las tinieblas de las dudas y la desconfianza ya no la abandonaría. Con renovadas fuerzas se decidió a unirse a la sinfonía familiar cuando, de pronto, reparó en un objeto tirado en el suelo. Observó la disposición de los bulbos y la forma especial en que conformaban un guiño celestial, los granos disfrutando de la quietud sin saber que era arriba o abajo.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Hoy, el hombre se aproxima a la pared bajo la ventana y trata de escalar una vez más. A medida que lo hace, las yemas de sus dedos notan las huellas de incontables esfuerzos pasados por escalar la misma pared. Arañazos eternos de sus uñas, y de tantos otros. Esta vez, recuerda las huellas hechas, los caminos por los que desesperadamente ha arañado, los pensamientos de frustracion a medida que resbalaba. Sus manos recordaban el lugar donde había incidido tantas veces, lo que su memoria no veía, lo veían sus dedos. Inhalando, el hombre hoy escala. Exhalando, nota que la gravedad no es su enemiga. La luz cada vez más próxima, la sensación de elevarse. Entiende hoy que la gravedad y la ventana no son más que parte de la misma celda. La danza de la ascensión progresa sin esfuerzo, hasta que sus dedos alcanzan el ventanuco, y su tacto le muestra que los bordes de la ventana no son más que piedra, la misma que le despierta al amanecer la gravedad. Su último esfuerzo le parece humilde, y le sorprende la falta de emoción. Un salto hacia la luz, y la gravedad desaparece, al tiempo que la oscuridad. Bañado de luz, el hombre flota en una apacible ceguera.
Al principio, tan solo la luz. Al abrir los ojos, el hombre se topa con la ingravidez. El mundo es un vacío luminoso. Sus dedos no alcanzan a palpar la realidad. Tan solo al cerrar los párpados el hombre sabe de su propia existencia. Pero sus párpados son suyos, y nada hace al mundo real. A lo lejos, vislumbra un ventanuco hacia la oscuridad. Los bordes de piedra, el deseo de sus yemas de palpar la fría y sólida superficie de la ventana. Mas su cuerpo flota ingrávido en la luz. Sus ojos se fijan en la oscuridad mientras sus manos empujan el vacío hacia atrás, como mil veces lo hicieron antes. Sus brazos recuerdan la frustración, la desesperación. Llegado el momento, sus manos recordarán los espasmos, su cuerpo recordará la sensación de acercarse a la ventana, de sentir el vacío acariciar su piel mientras la oscuridad se hace más cercana, y su espíritu entenderá sin deseo, sin anhelo, el camino hacia la ventana.
Llegado el momento, su alma abrazará el recuerdo de luz y oscuridad, y le dará gracias a la ventana.