Al principio, tan solo la gravedad. Al abrir los ojos, el hombre se topa con la oscuridad. El suelo yace bajo él, y solo el contacto de su cuerpo le asegura que está allí. Su cuerpo. Entumecido, se incorpora y entra en contacto con sus ojos la luz. La refulgente luz de la ventana del cuarto en el que se halla. Mil veces ha despertado en el mismo cuarto, mil veces ha renacido, mil veces le ha cegado la ventana. Mil veces ha odiado la ventana, las mismas que la ha amado. El producto de su deseo, la fantasía hecha luz. La gravedad ha sido su despertar, mas la misma gravedad le separaba de la ventana. Alta, inalcanzable. Su celda sin puertas, sus cuatro paredes inexpugnables. La ventana, su unico contacto con el tiempo, con la realidad, pues los sonidos de la celda no eran más que ecos de su propio sonido. Tan solo la luz convertía al mundo en un lugar real, tan solo la luz dotaba de lógica a su existencia. Y sin embargo, allí yacía, inalcanzable. La luz le acariciaba el rostro, la daba calor.
Hoy, el hombre se aproxima a la pared bajo la ventana y trata de escalar una vez más. A medida que lo hace, las yemas de sus dedos notan las huellas de incontables esfuerzos pasados por escalar la misma pared. Arañazos eternos de sus uñas, y de tantos otros. Esta vez, recuerda las huellas hechas, los caminos por los que desesperadamente ha arañado, los pensamientos de frustracion a medida que resbalaba. Sus manos recordaban el lugar donde había incidido tantas veces, lo que su memoria no veía, lo veían sus dedos. Inhalando, el hombre hoy escala. Exhalando, nota que la gravedad no es su enemiga. La luz cada vez más próxima, la sensación de elevarse. Entiende hoy que la gravedad y la ventana no son más que parte de la misma celda. La danza de la ascensión progresa sin esfuerzo, hasta que sus dedos alcanzan el ventanuco, y su tacto le muestra que los bordes de la ventana no son más que piedra, la misma que le despierta al amanecer la gravedad. Su último esfuerzo le parece humilde, y le sorprende la falta de emoción. Un salto hacia la luz, y la gravedad desaparece, al tiempo que la oscuridad. Bañado de luz, el hombre flota en una apacible ceguera.
Al principio, tan solo la luz. Al abrir los ojos, el hombre se topa con la ingravidez. El mundo es un vacío luminoso. Sus dedos no alcanzan a palpar la realidad. Tan solo al cerrar los párpados el hombre sabe de su propia existencia. Pero sus párpados son suyos, y nada hace al mundo real. A lo lejos, vislumbra un ventanuco hacia la oscuridad. Los bordes de piedra, el deseo de sus yemas de palpar la fría y sólida superficie de la ventana. Mas su cuerpo flota ingrávido en la luz. Sus ojos se fijan en la oscuridad mientras sus manos empujan el vacío hacia atrás, como mil veces lo hicieron antes. Sus brazos recuerdan la frustración, la desesperación. Llegado el momento, sus manos recordarán los espasmos, su cuerpo recordará la sensación de acercarse a la ventana, de sentir el vacío acariciar su piel mientras la oscuridad se hace más cercana, y su espíritu entenderá sin deseo, sin anhelo, el camino hacia la ventana.
Llegado el momento, su alma abrazará el recuerdo de luz y oscuridad, y le dará gracias a la ventana.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.