domingo, 20 de septiembre de 2009

UNO

Observó la costa cercana en uno de sus múltiples recodos, con la irregular pared rocosa moteada de ocasionales arbustos de un verde oscuro y coronada por amplios pinos que se asomaban sin miedo a contemplar el vasto azul que ante ellos se desplegaba. Le agradó el hecho de pensar en la tierra firme y en lo bien que se sentía a bordo de su frágil batel, a diferencia de la mayoría, que lo consideraban pequeño e inseguro en exceso, además de incómodo. Mas él jamás había tenido problema alguno durante sus paseos vespertinos, le parecía sentir una unión más íntima con las aguas y el viento y aún así tiempo hacía que había desistido de la idea de disfrutarlos en compañía y se entregaba en soledad a la silenciosa navegación por lapsos cada vez mayores.


Aquel día, mientras descendía a la escondida, casi inaccesible e ignorada playa donde amarraba su pequeño bote, tuvo la corazonada de que la tarde se presentaba especial, de un modo que era incapaz de describir pero que su ánimo reconocía entre alborozado y alterado. Apretó el paso por el polvoriento y abrasado camino hasta llegar a las estribaciones del precipicio y con mano nerviosa e infructuosa trató de apartar la espesa maleza y hallar el comienzo de la senda minúscula y tortuosa que había de conducirle a la recóndita playa. Supo reconocer que en semejante estado de excitación no sería capaz de lograrlo, por lo que hubo de parase y entrecerrar los ojos inspirando profundamente y consiguiendo así serenar su espíritu lo suficiente como para buscar.


Sorprendiole la facilidad con la que halló el inicio. Comenzó a descender tratando de no manifestar su nerviosismo residual pues el angosto camino exigía máxima concentración; a medida que se iba internando sus sentidos comenzaron a afinarse de tal modo que se adaptaban y ajustaban al incómodo camino aportándole un curioso sosiego y confianza. La senda, de principio complicada y disuasoria, se había tornado familiar lo cual junto a la seguridad de su paso, casi la hacía aparecer holgada y fácil de transitar. La anterior cautela cedió ante el deleite silencioso del descenso, rocas amables a los pies y benéficos asideros naturales tornáronse en sus compañeros hasta que casi sin querer se topó con un suelo de fina y tostada arena. La magnífica cala se presentaba majestuosa con la densa vegetación circundante, custodio expectante de aquel remoto paraje y el envolvente e hipnótico batir del débil oleaje que se desparramaba con suavidad sobre los granos de arena que tenían la fortuna de sentir su refrescante y espumosa caricia. Miles de diminutas brasas saludaron su pausado caminar apartándose respetuosas en cada paso, lento pero firme. Ahora sabía lo que podía agradar tanto de que aquella sensación de solidez en la tierra, la seguridad, la fiabilidad de la posición alcanzada; hundía sus pies en la arena y presionaba con fuerza sintiendo que la tierra le devolvía esa misma fuerza en idéntica intensidad, de modo que cuanto mayor era la presión ejercida mayor la devuelta y mayor la seguridad en la propia posición, tanto que casi apetecía quedarse ahí, echar raíces y disfrutar de la comodidad y las vistas. Y sin embargo, su caminar continuaba y las sensaciones mutaban a cada nuevo paso, la tierra cambiaba gradualmente pasando a ser más lisa y humedecida, hasta que llegó al linde en que el agua acariciaba los minúsculos granos, para después hundirse y perderse entre ellos. La agradó el contrastado frescor y que el agua le hiciese ocasionalmente partícipe de sus caricias para regocijo de sus pies, los cuales ahora se enterraban. Sacó uno de ellos y contempló la huella dejada, profunda, bien delimitada e inundada, en aquella zona podía producirlas sin mayor esfuerzo que el tránsito y así en poco tiempo, un desordenado conjunto de ellas salpicaba una pequeña zona. Comenzó a fabular con la idea de llenar todo aquel linde con el testigo de su paso y mientras cavilaba, una ola, suave aunque algo más violenta que las anteriores, volvió enroscarse entre sus pies y junto al suave cosquilleo, su retirada borró parcialmente los rastros creados que en ese momento apareciéronse desfigurados y desprovistos de hondura, casi incapaces de contener nada. Una nueva onda prácticamente los hizo desaparecer y las siguientes lamieron con delicadeza la superficie hasta dejarla inmaculada, como si en ella jamás se hubiese posado persona alguna.


La inmensidad del océano le brindaba su saludo, fresco y despreocupado, a medida que iba internándose en él con una cierta cautela que bien podía identificarse con una repentina inseguridad, pues aquel día todo era especial y distinto en cierto punto aunque fuese incapaz de explicarlo, de modo que, mientras se internaba no dejaba de mantener contacto con la tierra. Las cálidas aguas envolvieron tranquilas su cuerpo hasta dejar visible tan sólo su cabeza, ya casi no podía contactar con el fondo arenoso, de puntillas como estaba. Un instante de vacilación le pareció una eternidad, mas finalmente se introdujo por completo abandonando la erguida posición vertical por otra horizontal, más apropiada para el paseo por entre las entrañas del mar. Allí no había sonidos, sus ojos inhabituados y susceptibles yacían cerrados impidiendo la visión, su boca en actitud imitativa imposibilitaba el gusto y nada podía captar su fina nariz, al tiempo que su piel parecía haberse vuelto impermeable; allí tan sólo estaba él, ingrávido en mitad de una silenciosa paz abisal con su contenida respiración como único testigo de su vida, le hubiese gustado haber podido quedarse más tiempo, disfrutar de esa rara dicha concedida en mitad del vacío, de la agradable sensación de intemporalidad. Avanzó a tientas hasta que su mano tropezó con algo sólido y familiar y trepó hasta subirse encima de su querida embarcación.


El cálido viento acariciaba con inusitada suavidad su rostro, los cabellos jugueteaban caprichosos con él mientras la embarcación se mecía tranquila y el sol tendía su velo dorado en el horizonte tiñendo las gibosas nubes dispersas. El penetrante olor a agua salada cosquilleaba en su nariz y le envolvía el tranquilo repicar sobre el casco que acogía gustoso las mansas embestidas. La mirada, apacible, se hallaba perdida en ninguna parte, casi podía sentir una extraña armonía, como si simplemente fuese una parte más del colorido y complejo cuadro del instante, pero a su vez indiferenciado hermano de toda la existencia. Una sonrisa se perfiló de súbito en su rostro, modesta, prácticamente imperceptible y sin embargo, irradiada desde un profundo rincón oculto de su alma, llenaba por completo su ser otorgándole una extraña dicha. Y junto a ella brotó un impulso, una determinación; de un modo pausado y gradual fue desplegando velas y atando cabos y cuando estuvo preparado una intensa y cálida brisa se despertó e impulsó con fuerza la barca, como si hubiera estado esperándole, aguardando el momento preciso para soplar y permitirle avanzar con presteza.


La quilla rasgaba la gasa azulada separando con suma delicadeza los extremos a ambos lados, volvió la vista hacia atrás y observó como esta se recomponía inmediatamente tras su paso mientras la costa se alejaba junto al amparo de los árboles y la tierra semejando cada vez más un lienzo compuesto por llamativos colores y pintado con un pincel que parecía tanto más grosero e indefinido cuanto más se alejaba confiriendo una sensación de irrealidad a aquella distante, imprecisa y colorida mancha. Un nudo atenazaba su corazón, al que sentía pequeño como nunca antes y ese nudo se multiplicaba y aferraba también a su cuello y entumecía sus miembros; con enorme esfuerzo logró quitar su mirada de la espectral imagen que yacía tras de sí y dirigirla hacia lo que tenía frente a él, aquello hacia lo que se dirigía. La luz había adquirido un singular matiz tremendamente acogedor, los sutiles tonos pastel del cielo se mezclaban de un modo delicioso y delicado, las nubes formaban cambiantes figuras mientras el añil horizonte le saludaba. Las tiesas lazadas se aflojaron por completo, una fina nube, casi una inmensa voluta de humo pasó rauda por encima suyo dedicándole una sonrisa para desestructurarse en finas hebras que se fundían con el cielo y desaparecían, miles de guiños plateados refulgían a su paso maquillando la superficie marina con una centelleante purpurina. Arrebatado, embriagado, un presentimiento se coló de pronto en aquel goce confirmado por la hinchazón de las velas y la tensión en los obenques; la intensidad del viento se acrecentó, las aguas abandonaron la calma y comenzaron a erizarse pasando en un instante de una actitud pasiva a otra activa crecientemente agresiva que se manifestaba en sus golpes contra la embarcación. La velocidad aumentaba más y más, el oleaje chocaba contra el casco y el viento bramaba enardecido a su alrededor, la embarcación se estremecía y suspiraba ascendiendo y descendiendo por espumosas colinas. Se aferró a la caña del timón y mantuvo el rumbo apretando los dientes y luchando por mantener los ojos abiertos mientras las profundas aguas amenazaban con engullirlo, su pelo parecía una bien alimentada llama a la que los asaltos marinos no conseguían extinguir, el resto del cuerpo empapado, los miembros firmes y relajados a un tiempo, atentos, la mente despejada, concentrada en el momento, hasta que llegó un instante en que se olvidó por completo de sí mismo, la caña del timón se había convertido en una extensión de su propio cuerpo, ya no sabía si era el quien dirigía la embarcación o algún otro poder que actuaba a su través, anticipaba cualquier alteración de la brisa marina y la usaba en su favor, las olas habían dejado de embestir la embarcación y ahora la acunaban y mecían, yo no oía al viento ni olía el mar. Se sentía conectado al bote, al océano, al cielo y al universo entero, penetrado por lo absoluto, minúscula partícula y dios al mismo tiempo, sin ningún miedo ni desconfianza. Todo era él, todo no era sino una parte de él y sin embargo, al tiempo que sentía la plenitud máxima, sintió también la ausencia total, la vacuidad de la que manan todas las posibilidades. El Sol había eclosionado y un intenso manto rojizo se desparramaba en escalas variables, las nubes habían absorbido ese fulgor carmesí y se habían unido para conformar la figura de un gigantesco dragón.


Al poco, los tonos rojizos fueron muriendo siendo reemplazados por una creciente oscuridad, nunca antes había visto a las sombras imponerse con tal velocidad. En un instante se hallaba por completo sumido en la espesa negrura de la noche y en ese mismo momento volvió a cobrar conciencia de sí. Sus ojos, incapaces de ver sus propias manos se alarmaron, alzó la vista y no fue capaz de ver estrella o luna alguna en el firmamento, hacia proa, babor y estribor idéntica oscuridad casi antinaturalmente negra, giró la cabeza hacia popa escudriñando con la esperanza de encontrar alguna luz proveniente de tierra, más allí tampoco había nada, ni faro, ni casas, de hecho reconoció que en realidad no sabía ya si la tierra se encontraba por la popa, desconocía donde se hallaba y carecía de referencias hacia las que encaminarse. Un creciente terror se fue apoderando de él entrecortando su respiración y lacerando su cerebro; el viento había amainado por completo y la embarcación yacía parada, ni siquiera era capaz de sentir el agua y no se atrevió a descender su mano para comprobar su presencia, pues en aquel extraño momento ignoraba lo que pudiera aguardar bajo él, las más terribles pesadillas comenzaban a deambular por su cabeza de modo que se encogió todo lo que pudo, helado y desesperado como estaba. ¿Qué podía hacer? ¿acaso era posible estar más perdido? Allí de nada servían sus conocimientos, sus habilidades; ni siquiera sus recuerdos que en seguida se aparecieron como algo fútil y volátil, mera evasión intrascendente, al igual que las crecientes fabulaciones acerca de su llegada a tierra firme. Todo ello se evaporaba en un instante dejándole en la misma posición en que se hallaba, en mitad de una inconmensurable oscuridad sin otra compañía que sí mismo. Empezó entonces a cuestionarse qué era eso de “sí-mismo” pues nada de lo que pudiera haberse pensado de él tenía validez alguna, no había nada útil dentro de sí en aquel lugar, o al menos nada reconocible en esa situación de asfixia, parálisis y punzante dolor por el miedo y la ansiedad, de modo que intentó calmarse, se concentró en el peso del cuerpo sobre el bote, en el dolor de cabeza y en su jadeante respiración, sobre todo en ella procurando disminuir su ritmo. Cerró los ojos y se concentró en realizar inspiraciones y espiraciones lo más prolongadas posible; lentamente se fue serenando y controlándose, lentamente el flujo del aire adquirió mayor presencia hasta casi quedar sólo eso, pero también lentamente su ánimo se fue cubriendo con el vestido de la futilidad completa, de la relatividad absoluta fruto de la inutilidad final de los pocos conocimientos adquiridos, la inoperancia de los dones poseídos, la imposibilidad de dar respuesta alguna a pregunta alguna. Paulatinamente los esfuerzos por la vida fueron cesando, la anquilosis se apoderaba de su mente, se cuestionaba el por qué de ningún denuedo si en último extremo sólo había vacío. Y mientras su mente seguía por esta senda paralizante y letal, sintió de nuevo el curso circular de la respiración en mitad de la nada, la entrada del aire y su recorrido hasta los pulmones para volver a salir al exterior, definitivamente sí había algo en aquel lugar. Allí estaba él. Abrió los ojos y se afirmó en aquella sombra impenetrable; de súbito una débil luz titiló en el horizonte. No supo decir si pertenecía al cielo o a la tierra, pues parecía estar en la frontera de ambos, era tan débil que ocasionalmente desaparecía, para reaparecer instantes después con su suave vibración. No sólo la veía con sus ojos, el débil titilar resonaba en su corazón con idéntico ritmo. Agarró el remo de un lateral de la embarcación y emprendió la marcha hacia aquella luz en el horizonte.

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