Observó el lento y gradual precipitarse de los angustiados granos que en fútil esfuerzo trataban de aferrase desesperadamente a algo, incapaces de ayudarse unos a otros, siendo arrastrados por una invisible e inflexible fuerza. Pudo contemplar el terror en sus antaño pétreos rostros y sentir el siniestro tañido de lejanas campanas.
A través de los límpidos y acrisolados bulbos le fue dado ver lo que el destino depararía a esos infortunados y minúsculos gránulos; los vió caer y golpearse violentamente mientras se apilaban cubriéndose con sus despojos. No había tregua en aquel fúnebre camino, no había paradas ni descansos y mientras, los bisoños reposaban alegres en la cima, ajenos a la macabra danza que se interpretaba bajo sus pies y que en algún momento les alcanzaría con su irresistible melodía.
Se levantó y caminó unos pasos hacia la ventana, hacía frío y las nubes cubrían los cielos, amenazantes en su negrura, filtrando una tenue luz que todo lo abarcaba. Las calles desoladas eran ocasionalmente surcadas por algún aguerrido espíritu que aparecía y desaparecía con presteza. Se sintió falto de fuerzas, cansado. Había trabajado toda su vida con diligencia y dedicación, mas en los últimos tiempos había perdido el sentido de aquella consagración. No sólo le había ocurrido este fenómeno en la esfera del trabajo cotidiano, había salpicado igualmente cada rincón de su ser haciendo temblar los cimientos de una existencia que ahora interpretaba frágil y desprovista de motivo.
La energía le abandonaba gradualmente, todavía sentía impulsos de correr y brincar, escalar, gritar, comer y escanciar la copa de la vida. Sin embargo, su cuerpo se negaba a acompañarle, se sentía más torpe y más lento, traicionado y disminuido. Cada intento allende la prudencia era contestado en forma de los más diversos dolores y padecimientos o con pequeños accidentes que incidían en la creciente impotencia. Incluso el refugio de las memorias dejó de ser seguro y apacible, como si sus ventanas se hubiesen abierto de pronto y un gélido y arremolinado viento hubiera penetrado la estancia convirtiéndola en lacerante recordatorio de que hubo un tiempo en que había sido grande y poderoso. Deseó entonces poder borrarlas de su cabeza, eliminar aquel insidioso archivo, testigo de su decadencia.
Un abrupto golpe de tos lejano le hizo entrecerrar los ojos un instante. Su convaleciente padre acababa de despertar. Se detuvo a los pies de la cama; aquella era la imagen del ocaso del hombre, el símbolo viviente de sus temores. Su progenitor no era capaz de valerse por sí mismo, le fallaba con frecuencia la memoria y tendía a repetir las mismas viejas historias. A pesar de todo, jamás le había escuchado queja alguna ni visto flaquear su ánimo en consonancia con su maltrecho envoltorio. Lo había interpretado como el rasgo estoico de un carácter antiguo forjado por un tiempo pretérito más áspero y duro. Con el transcurso de los años se había tornado más y más callado, había abandonado su querencia por el enjuiciamiento y la discusión y se había visto forzado a renunciar a la lectura a causa de la vista. En realidad, desconocía los consuelos que era capaz de encontrar en esa oscura época de la vida.
El sonido del timbre saturó la silenciosa casa. Vió salir a su mujer con una bandeja de bebidas y dejarla en el salón, las visitas llegaban antes de lo esperado. Un fino mantel cubría la mesa y sobre él se esparcían delicados bocados preparados con esmero junto con diversas bebidas, la vajilla otorgando una nota de distinción al conjunto quebrada a su vez por un alegre y colorido centro floral. Aquel era el pequeño monumento doméstico erigido con cierta regularidad por su esposa, siempre cambiante y siempre elegante y cuidado, pulcro símbolo de una sociabilidad que le era ajena casi por completo, o que al menos se le había extrañado con el devenir del tiempo.
Fue en busca de su padre y mientras le ayudaba a levantarse y asearse, escuchó el sordo quejido de la puerta abierta abruptamente, seguido por un disarmónico coro de voces agudas y estridentes, besos y saludos. Condujo a su padre con cierta lentitud por el angosto pasillo, consciente de la inevitabilidad de su inmersión en el tumulto. El primer rostro que encontró fue el de su hijo, el primer beso el de su nuera, el pequeño templo sobre la mesa había sido prácticamente reducido a escombros por sus inquietos nietos, tan sólo restaban vestigios y bandejas incompletas, la presunta formalidad se había quebrado y cada uno deambulaba con su plato o su vaso habiendo trasladado la reunión a la mesita baja junto a los confortables sillones y mientras, su mujer se hallaba sumida en la escena con una satisfacción tímida o más bien contenida. Todos parecieron alegrarse al contemplar la llegada del bisabuelo y así le agasajaron durante unos instantes, intensos y demasiado cortos, para seguir con sus quehaceres. Sentó al anciano en un enorme y acolchado sillón orejero, el suyo, el que le había gustado desde siempre y acompañado en sus interminables inmersiones literarias o musicales, tras lo cual él mismo tomó asiento un tanto apartado del epicentro de aquella dominical reunión familiar y contempló aquel pedacito de vida representado por su familia.
Su nuera conversaba animadamente con su esposa acerca de ciertos arreglos acometidos en la casa y la eventual modificación en la disposición del mobiliario mientras su hijo asentía con gesto algo mecanizado desde un sutil segundo plano, al tiempo que su mirada se perdía en una nebulosa carente de concreción. Su nieta, la mayor de los dos hermanos, paseaba por la estancia con aire algo descarado y ampuloso y coqueteaba frente al antiguo espejo de marco dorado en un esforzado y vano intento por atraer la atención de sus padres sobre su nuevo regalo, una delicada chaqueta de un profundo azul marino y grandes botones. En cuanto al pequeño, perseguía infatigable a su hermana deseoso de jugar, gateaba y sorteaba cada obstáculo por difícil que pudiera parecer hasta finalmente topar con la indiferencia e incluso una cierta hostilidad brindada por esta. Ello le hizo quedarse sentado, no parecía ofendido en absoluto, más bien absorto y de aquel ensimismamiento brotó una nueva energía. Con sus diminutas manitas se apoyó en el suelo y trató de levantarse; la mullida y cálida alfombra, siempre presta, le protegía en cada caída y trataba de arrullar sin resultado. Incesante redundaba en su esfuerzo hasta que algo distrajo su concentración: era el bisabuelo cuya mano tendida en la dirección del pequeño había captado su atención. Con torpe gateo se acercó y quedó mirando la arrugada y venerable mano como si fuese la primera vez que la viera, como si fuese una maravilla recién descubierta, mas sin desconfianza alguna. Se aferró a ella y volvió a levantarse, pero esta vez aquella benigna mano le impedía caerse y él se bamboleaba de un lado a otro como un bolo golpeado sin demasiada fuerza hasta que consiguió estabilizarse, entonces su bisabuelo extendió con suma delicadeza su otra mano y lo subió a sus rodillas para empezar a relatarle el viejo cuento del niño y el espíritu del bosque.
Fue comenzar el relato y sentirse transportado a su más tierna infancia, una época cálida y exuberante de cariño, de descubrimientos, magia desbordante, de aventura sin tregua y dulces sinsabores frente a los acerados cristales de las gafas con las que contemplaba el mundo desde hacía ya demasiado tiempo. Nuevamente se sintió cansado, falto de fuerzas y desubicado; aquel cuadro le parecía chillón y mal compuesto o tal fuera él quien no encajara y mientras cavilaba, una suave y confortable caricia comenzó a juguetear en su cuello y nuca, erizando el cabello y calentando la piel con suavidad. Se giró sorprendido y encontró un débil rayo de luz que se filtraba casi avergonzado entre la espesura lanosa y negruzca que cubría la ciudad, tiritaba y en ocasiones parecía que fuera a desaparecer en la fría inmensidad; sin embargo, no cejaba en su empeño de aportar algo de calidez a su rostro, empeño que bien pudiera ser interpretado como terca obstinación. Los demás no parecían haber reparado en ello, ni siquiera en él mismo; se acercó lentamente a la ventana como si aquel áureo destello poseyese alguna mágica y desconocida cualidad que lo atrajera hacia sí y al llegar al dintel de gastada madera oscura de la ventana contempló cómo la luz ganaba presencia de súbito, cómo parecía quemar con facilidad y separar la impenetrable malla celeste dando paso a un caudal descontrolado de dorada luz que de inmediato inundó la estancia y saturó sus ojos. Se negó a cerrarlos, aquel color pajizo, benévolo y confortable salpicaba cada rincón de la ciudad, confería un fino matiz a las siluetas montañosas en contraste con su oscuro corpachón y bañaba hasta el desbordamiento el valle, contagiándolo de su alegría y energía. No pudo sostener la mirada por más tiempo y cerró los párpados, mas la luz había saturado igualmente todo su ser de una forma tal que esta casi parecía surgir de dentro de sí mismo. Se giró, tropezó con algo y abrió los ojos de nuevo. Apenas era capaz de reconocer forma alguna, decidió quedarse quieto y aguardar, y en esa calma espera se topó con algo inesperado, una fina y misteriosa melodía que le pareció extrañamente familiar, como surgida del remoto fondo de un antiguo sueño. En cuanto la escuchó fue capaz de reconocerla y supo ver también que había cambiado en parte, era la misma de antaño pero interpretada de un modo diferente, profusamente enriquecida por muy diversos matices e incluso acompañada por nuevos instrumentos que la dotaban de una magnífica dimensión sinfónica. Un vibrante dúo de violines, en armónica consonancia, se alternaban constantemente, se daban réplica o acompañaban el uno al otro para inmediatamente mutar sus posiciones. En ocasiones daba la impresión de que luchaban entre ellos y se agredían, de que no podían estar el uno con el otro, pero era tan solo una impresión fugaz y desprovista de hondura, casi era posible ver el cariño de aquella danza que ora interpretaba uno y replicaba el otro como al contrario, la necesidad del otro para poder continuar interpretando. Junto a ellos un sutil y comprensivo violonchelo mezclaba ocasionalmente sus notas con sabiduría, sabía calmar los fogosos ímpetus y acompañar con dulzura el jugueteo de los violines, sabía permanecer a la espera y conferir una dimensión mucho mayor al magnífico ballet de aquellos, pero no sólo a estos, también acompañaba con bondadosa rectitud a un arpa bella y coqueta, que insistía en imponer su aguda canción, sin maldad alguna, deseando que se la viera como era, dulce y maravillosa flor de escalas ascendentes. A su lado resonaba una flauta traviesa, que a primera vista tal vez pudiera interpretarse su singular musicalidad como monótona, repetitiva y exasperante, pero tan solo era necesaria algo de paciencia para darse cuenta de lo denodado de su afán por interpretar nuevos registros o imitar los de los demás y la curiosa manera en que lo conseguía poco a poco, convirtiendo en un deleite nada común su contemplación. Finalmente se percató de un sonido grave que hacía su aparición muy ocasionalmente, era un timbal de voz ronca y abisal armonía cuyas insondables notas se desparramaban a cada golpe, reverberando y dotando al conjunto de la orquesta del significado del que ya ha interpretado todos los registros y conoce cada variante, otorgando su tono pleno de un amor desprovisto de intención, pura e indiferenciada inflexión que abrazaba a los demás con su invisible energía y consolaba secretamente, los guiaba y reconfortaba pues su entonación trascendía toda nota, melodía o escala que es posible conocer. No pudo sino admirar sinceramente a ese timbal sencillo y modesto que procuraba su valioso ejemplo y alegre serenidad a todo aquel capaz de escucharle.
En ese momento reconoció su propia canción y supo exactamente como debía interpretarla y que el júbilo que le acompañaba y había hecho retroceder a las tinieblas de las dudas y la desconfianza ya no la abandonaría. Con renovadas fuerzas se decidió a unirse a la sinfonía familiar cuando, de pronto, reparó en un objeto tirado en el suelo. Observó la disposición de los bulbos y la forma especial en que conformaban un guiño celestial, los granos disfrutando de la quietud sin saber que era arriba o abajo.