martes, 29 de diciembre de 2009

EL RELOJ DE ARENA

Observó el lento y gradual precipitarse de los angustiados granos que en fútil esfuerzo trataban de aferrase desesperadamente a algo, incapaces de ayudarse unos a otros, siendo arrastrados por una invisible e inflexible fuerza. Pudo contemplar el terror en sus antaño pétreos rostros y sentir el siniestro tañido de lejanas campanas.


A través de los límpidos y acrisolados bulbos le fue dado ver lo que el destino depararía a esos infortunados y minúsculos gránulos; los vió caer y golpearse violentamente mientras se apilaban cubriéndose con sus despojos. No había tregua en aquel fúnebre camino, no había paradas ni descansos y mientras, los bisoños reposaban alegres en la cima, ajenos a la macabra danza que se interpretaba bajo sus pies y que en algún momento les alcanzaría con su irresistible melodía.


Se levantó y caminó unos pasos hacia la ventana, hacía frío y las nubes cubrían los cielos, amenazantes en su negrura, filtrando una tenue luz que todo lo abarcaba. Las calles desoladas eran ocasionalmente surcadas por algún aguerrido espíritu que aparecía y desaparecía con presteza. Se sintió falto de fuerzas, cansado. Había trabajado toda su vida con diligencia y dedicación, mas en los últimos tiempos había perdido el sentido de aquella consagración. No sólo le había ocurrido este fenómeno en la esfera del trabajo cotidiano, había salpicado igualmente cada rincón de su ser haciendo temblar los cimientos de una existencia que ahora interpretaba frágil y desprovista de motivo.


La energía le abandonaba gradualmente, todavía sentía impulsos de correr y brincar, escalar, gritar, comer y escanciar la copa de la vida. Sin embargo, su cuerpo se negaba a acompañarle, se sentía más torpe y más lento, traicionado y disminuido. Cada intento allende la prudencia era contestado en forma de los más diversos dolores y padecimientos o con pequeños accidentes que incidían en la creciente impotencia. Incluso el refugio de las memorias dejó de ser seguro y apacible, como si sus ventanas se hubiesen abierto de pronto y un gélido y arremolinado viento hubiera penetrado la estancia convirtiéndola en lacerante recordatorio de que hubo un tiempo en que había sido grande y poderoso. Deseó entonces poder borrarlas de su cabeza, eliminar aquel insidioso archivo, testigo de su decadencia.


Un abrupto golpe de tos lejano le hizo entrecerrar los ojos un instante. Su convaleciente padre acababa de despertar. Se detuvo a los pies de la cama; aquella era la imagen del ocaso del hombre, el símbolo viviente de sus temores. Su progenitor no era capaz de valerse por sí mismo, le fallaba con frecuencia la memoria y tendía a repetir las mismas viejas historias. A pesar de todo, jamás le había escuchado queja alguna ni visto flaquear su ánimo en consonancia con su maltrecho envoltorio. Lo había interpretado como el rasgo estoico de un carácter antiguo forjado por un tiempo pretérito más áspero y duro. Con el transcurso de los años se había tornado más y más callado, había abandonado su querencia por el enjuiciamiento y la discusión y se había visto forzado a renunciar a la lectura a causa de la vista. En realidad, desconocía los consuelos que era capaz de encontrar en esa oscura época de la vida.


El sonido del timbre saturó la silenciosa casa. Vió salir a su mujer con una bandeja de bebidas y dejarla en el salón, las visitas llegaban antes de lo esperado. Un fino mantel cubría la mesa y sobre él se esparcían delicados bocados preparados con esmero junto con diversas bebidas, la vajilla otorgando una nota de distinción al conjunto quebrada a su vez por un alegre y colorido centro floral. Aquel era el pequeño monumento doméstico erigido con cierta regularidad por su esposa, siempre cambiante y siempre elegante y cuidado, pulcro símbolo de una sociabilidad que le era ajena casi por completo, o que al menos se le había extrañado con el devenir del tiempo.


Fue en busca de su padre y mientras le ayudaba a levantarse y asearse, escuchó el sordo quejido de la puerta abierta abruptamente, seguido por un disarmónico coro de voces agudas y estridentes, besos y saludos. Condujo a su padre con cierta lentitud por el angosto pasillo, consciente de la inevitabilidad de su inmersión en el tumulto. El primer rostro que encontró fue el de su hijo, el primer beso el de su nuera, el pequeño templo sobre la mesa había sido prácticamente reducido a escombros por sus inquietos nietos, tan sólo restaban vestigios y bandejas incompletas, la presunta formalidad se había quebrado y cada uno deambulaba con su plato o su vaso habiendo trasladado la reunión a la mesita baja junto a los confortables sillones y mientras, su mujer se hallaba sumida en la escena con una satisfacción tímida o más bien contenida. Todos parecieron alegrarse al contemplar la llegada del bisabuelo y así le agasajaron durante unos instantes, intensos y demasiado cortos, para seguir con sus quehaceres. Sentó al anciano en un enorme y acolchado sillón orejero, el suyo, el que le había gustado desde siempre y acompañado en sus interminables inmersiones literarias o musicales, tras lo cual él mismo tomó asiento un tanto apartado del epicentro de aquella dominical reunión familiar y contempló aquel pedacito de vida representado por su familia.


Su nuera conversaba animadamente con su esposa acerca de ciertos arreglos acometidos en la casa y la eventual modificación en la disposición del mobiliario mientras su hijo asentía con gesto algo mecanizado desde un sutil segundo plano, al tiempo que su mirada se perdía en una nebulosa carente de concreción. Su nieta, la mayor de los dos hermanos, paseaba por la estancia con aire algo descarado y ampuloso y coqueteaba frente al antiguo espejo de marco dorado en un esforzado y vano intento por atraer la atención de sus padres sobre su nuevo regalo, una delicada chaqueta de un profundo azul marino y grandes botones. En cuanto al pequeño, perseguía infatigable a su hermana deseoso de jugar, gateaba y sorteaba cada obstáculo por difícil que pudiera parecer hasta finalmente topar con la indiferencia e incluso una cierta hostilidad brindada por esta. Ello le hizo quedarse sentado, no parecía ofendido en absoluto, más bien absorto y de aquel ensimismamiento brotó una nueva energía. Con sus diminutas manitas se apoyó en el suelo y trató de levantarse; la mullida y cálida alfombra, siempre presta, le protegía en cada caída y trataba de arrullar sin resultado. Incesante redundaba en su esfuerzo hasta que algo distrajo su concentración: era el bisabuelo cuya mano tendida en la dirección del pequeño había captado su atención. Con torpe gateo se acercó y quedó mirando la arrugada y venerable mano como si fuese la primera vez que la viera, como si fuese una maravilla recién descubierta, mas sin desconfianza alguna. Se aferró a ella y volvió a levantarse, pero esta vez aquella benigna mano le impedía caerse y él se bamboleaba de un lado a otro como un bolo golpeado sin demasiada fuerza hasta que consiguió estabilizarse, entonces su bisabuelo extendió con suma delicadeza su otra mano y lo subió a sus rodillas para empezar a relatarle el viejo cuento del niño y el espíritu del bosque.


Fue comenzar el relato y sentirse transportado a su más tierna infancia, una época cálida y exuberante de cariño, de descubrimientos, magia desbordante, de aventura sin tregua y dulces sinsabores frente a los acerados cristales de las gafas con las que contemplaba el mundo desde hacía ya demasiado tiempo. Nuevamente se sintió cansado, falto de fuerzas y desubicado; aquel cuadro le parecía chillón y mal compuesto o tal fuera él quien no encajara y mientras cavilaba, una suave y confortable caricia comenzó a juguetear en su cuello y nuca, erizando el cabello y calentando la piel con suavidad. Se giró sorprendido y encontró un débil rayo de luz que se filtraba casi avergonzado entre la espesura lanosa y negruzca que cubría la ciudad, tiritaba y en ocasiones parecía que fuera a desaparecer en la fría inmensidad; sin embargo, no cejaba en su empeño de aportar algo de calidez a su rostro, empeño que bien pudiera ser interpretado como terca obstinación. Los demás no parecían haber reparado en ello, ni siquiera en él mismo; se acercó lentamente a la ventana como si aquel áureo destello poseyese alguna mágica y desconocida cualidad que lo atrajera hacia sí y al llegar al dintel de gastada madera oscura de la ventana contempló cómo la luz ganaba presencia de súbito, cómo parecía quemar con facilidad y separar la impenetrable malla celeste dando paso a un caudal descontrolado de dorada luz que de inmediato inundó la estancia y saturó sus ojos. Se negó a cerrarlos, aquel color pajizo, benévolo y confortable salpicaba cada rincón de la ciudad, confería un fino matiz a las siluetas montañosas en contraste con su oscuro corpachón y bañaba hasta el desbordamiento el valle, contagiándolo de su alegría y energía. No pudo sostener la mirada por más tiempo y cerró los párpados, mas la luz había saturado igualmente todo su ser de una forma tal que esta casi parecía surgir de dentro de sí mismo. Se giró, tropezó con algo y abrió los ojos de nuevo. Apenas era capaz de reconocer forma alguna, decidió quedarse quieto y aguardar, y en esa calma espera se topó con algo inesperado, una fina y misteriosa melodía que le pareció extrañamente familiar, como surgida del remoto fondo de un antiguo sueño. En cuanto la escuchó fue capaz de reconocerla y supo ver también que había cambiado en parte, era la misma de antaño pero interpretada de un modo diferente, profusamente enriquecida por muy diversos matices e incluso acompañada por nuevos instrumentos que la dotaban de una magnífica dimensión sinfónica. Un vibrante dúo de violines, en armónica consonancia, se alternaban constantemente, se daban réplica o acompañaban el uno al otro para inmediatamente mutar sus posiciones. En ocasiones daba la impresión de que luchaban entre ellos y se agredían, de que no podían estar el uno con el otro, pero era tan solo una impresión fugaz y desprovista de hondura, casi era posible ver el cariño de aquella danza que ora interpretaba uno y replicaba el otro como al contrario, la necesidad del otro para poder continuar interpretando. Junto a ellos un sutil y comprensivo violonchelo mezclaba ocasionalmente sus notas con sabiduría, sabía calmar los fogosos ímpetus y acompañar con dulzura el jugueteo de los violines, sabía permanecer a la espera y conferir una dimensión mucho mayor al magnífico ballet de aquellos, pero no sólo a estos, también acompañaba con bondadosa rectitud a un arpa bella y coqueta, que insistía en imponer su aguda canción, sin maldad alguna, deseando que se la viera como era, dulce y maravillosa flor de escalas ascendentes. A su lado resonaba una flauta traviesa, que a primera vista tal vez pudiera interpretarse su singular musicalidad como monótona, repetitiva y exasperante, pero tan solo era necesaria algo de paciencia para darse cuenta de lo denodado de su afán por interpretar nuevos registros o imitar los de los demás y la curiosa manera en que lo conseguía poco a poco, convirtiendo en un deleite nada común su contemplación. Finalmente se percató de un sonido grave que hacía su aparición muy ocasionalmente, era un timbal de voz ronca y abisal armonía cuyas insondables notas se desparramaban a cada golpe, reverberando y dotando al conjunto de la orquesta del significado del que ya ha interpretado todos los registros y conoce cada variante, otorgando su tono pleno de un amor desprovisto de intención, pura e indiferenciada inflexión que abrazaba a los demás con su invisible energía y consolaba secretamente, los guiaba y reconfortaba pues su entonación trascendía toda nota, melodía o escala que es posible conocer. No pudo sino admirar sinceramente a ese timbal sencillo y modesto que procuraba su valioso ejemplo y alegre serenidad a todo aquel capaz de escucharle.


En ese momento reconoció su propia canción y supo exactamente como debía interpretarla y que el júbilo que le acompañaba y había hecho retroceder a las tinieblas de las dudas y la desconfianza ya no la abandonaría. Con renovadas fuerzas se decidió a unirse a la sinfonía familiar cuando, de pronto, reparó en un objeto tirado en el suelo. Observó la disposición de los bulbos y la forma especial en que conformaban un guiño celestial, los granos disfrutando de la quietud sin saber que era arriba o abajo.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Al principio, tan solo la gravedad. Al abrir los ojos, el hombre se topa con la oscuridad. El suelo yace bajo él, y solo el contacto de su cuerpo le asegura que está allí. Su cuerpo. Entumecido, se incorpora y entra en contacto con sus ojos la luz. La refulgente luz de la ventana del cuarto en el que se halla. Mil veces ha despertado en el mismo cuarto, mil veces ha renacido, mil veces le ha cegado la ventana. Mil veces ha odiado la ventana, las mismas que la ha amado. El producto de su deseo, la fantasía hecha luz. La gravedad ha sido su despertar, mas la misma gravedad le separaba de la ventana. Alta, inalcanzable. Su celda sin puertas, sus cuatro paredes inexpugnables. La ventana, su unico contacto con el tiempo, con la realidad, pues los sonidos de la celda no eran más que ecos de su propio sonido. Tan solo la luz convertía al mundo en un lugar real, tan solo la luz dotaba de lógica a su existencia. Y sin embargo, allí yacía, inalcanzable. La luz le acariciaba el rostro, la daba calor.
Hoy, el hombre se aproxima a la pared bajo la ventana y trata de escalar una vez más. A medida que lo hace, las yemas de sus dedos notan las huellas de incontables esfuerzos pasados por escalar la misma pared. Arañazos eternos de sus uñas, y de tantos otros. Esta vez, recuerda las huellas hechas, los caminos por los que desesperadamente ha arañado, los pensamientos de frustracion a medida que resbalaba. Sus manos recordaban el lugar donde había incidido tantas veces, lo que su memoria no veía, lo veían sus dedos. Inhalando, el hombre hoy escala. Exhalando, nota que la gravedad no es su enemiga. La luz cada vez más próxima, la sensación de elevarse. Entiende hoy que la gravedad y la ventana no son más que parte de la misma celda. La danza de la ascensión progresa sin esfuerzo, hasta que sus dedos alcanzan el ventanuco, y su tacto le muestra que los bordes de la ventana no son más que piedra, la misma que le despierta al amanecer la gravedad. Su último esfuerzo le parece humilde, y le sorprende la falta de emoción. Un salto hacia la luz, y la gravedad desaparece, al tiempo que la oscuridad. Bañado de luz, el hombre flota en una apacible ceguera.

Al principio, tan solo la luz. Al abrir los ojos, el hombre se topa con la ingravidez. El mundo es un vacío luminoso. Sus dedos no alcanzan a palpar la realidad. Tan solo al cerrar los párpados el hombre sabe de su propia existencia. Pero sus párpados son suyos, y nada hace al mundo real. A lo lejos, vislumbra un ventanuco hacia la oscuridad. Los bordes de piedra, el deseo de sus yemas de palpar la fría y sólida superficie de la ventana. Mas su cuerpo flota ingrávido en la luz. Sus ojos se fijan en la oscuridad mientras sus manos empujan el vacío hacia atrás, como mil veces lo hicieron antes. Sus brazos recuerdan la frustración, la desesperación. Llegado el momento, sus manos recordarán los espasmos, su cuerpo recordará la sensación de acercarse a la ventana, de sentir el vacío acariciar su piel mientras la oscuridad se hace más cercana, y su espíritu entenderá sin deseo, sin anhelo, el camino hacia la ventana.

Llegado el momento, su alma abrazará el recuerdo de luz y oscuridad, y le dará gracias a la ventana.

domingo, 20 de septiembre de 2009

UNO

Observó la costa cercana en uno de sus múltiples recodos, con la irregular pared rocosa moteada de ocasionales arbustos de un verde oscuro y coronada por amplios pinos que se asomaban sin miedo a contemplar el vasto azul que ante ellos se desplegaba. Le agradó el hecho de pensar en la tierra firme y en lo bien que se sentía a bordo de su frágil batel, a diferencia de la mayoría, que lo consideraban pequeño e inseguro en exceso, además de incómodo. Mas él jamás había tenido problema alguno durante sus paseos vespertinos, le parecía sentir una unión más íntima con las aguas y el viento y aún así tiempo hacía que había desistido de la idea de disfrutarlos en compañía y se entregaba en soledad a la silenciosa navegación por lapsos cada vez mayores.


Aquel día, mientras descendía a la escondida, casi inaccesible e ignorada playa donde amarraba su pequeño bote, tuvo la corazonada de que la tarde se presentaba especial, de un modo que era incapaz de describir pero que su ánimo reconocía entre alborozado y alterado. Apretó el paso por el polvoriento y abrasado camino hasta llegar a las estribaciones del precipicio y con mano nerviosa e infructuosa trató de apartar la espesa maleza y hallar el comienzo de la senda minúscula y tortuosa que había de conducirle a la recóndita playa. Supo reconocer que en semejante estado de excitación no sería capaz de lograrlo, por lo que hubo de parase y entrecerrar los ojos inspirando profundamente y consiguiendo así serenar su espíritu lo suficiente como para buscar.


Sorprendiole la facilidad con la que halló el inicio. Comenzó a descender tratando de no manifestar su nerviosismo residual pues el angosto camino exigía máxima concentración; a medida que se iba internando sus sentidos comenzaron a afinarse de tal modo que se adaptaban y ajustaban al incómodo camino aportándole un curioso sosiego y confianza. La senda, de principio complicada y disuasoria, se había tornado familiar lo cual junto a la seguridad de su paso, casi la hacía aparecer holgada y fácil de transitar. La anterior cautela cedió ante el deleite silencioso del descenso, rocas amables a los pies y benéficos asideros naturales tornáronse en sus compañeros hasta que casi sin querer se topó con un suelo de fina y tostada arena. La magnífica cala se presentaba majestuosa con la densa vegetación circundante, custodio expectante de aquel remoto paraje y el envolvente e hipnótico batir del débil oleaje que se desparramaba con suavidad sobre los granos de arena que tenían la fortuna de sentir su refrescante y espumosa caricia. Miles de diminutas brasas saludaron su pausado caminar apartándose respetuosas en cada paso, lento pero firme. Ahora sabía lo que podía agradar tanto de que aquella sensación de solidez en la tierra, la seguridad, la fiabilidad de la posición alcanzada; hundía sus pies en la arena y presionaba con fuerza sintiendo que la tierra le devolvía esa misma fuerza en idéntica intensidad, de modo que cuanto mayor era la presión ejercida mayor la devuelta y mayor la seguridad en la propia posición, tanto que casi apetecía quedarse ahí, echar raíces y disfrutar de la comodidad y las vistas. Y sin embargo, su caminar continuaba y las sensaciones mutaban a cada nuevo paso, la tierra cambiaba gradualmente pasando a ser más lisa y humedecida, hasta que llegó al linde en que el agua acariciaba los minúsculos granos, para después hundirse y perderse entre ellos. La agradó el contrastado frescor y que el agua le hiciese ocasionalmente partícipe de sus caricias para regocijo de sus pies, los cuales ahora se enterraban. Sacó uno de ellos y contempló la huella dejada, profunda, bien delimitada e inundada, en aquella zona podía producirlas sin mayor esfuerzo que el tránsito y así en poco tiempo, un desordenado conjunto de ellas salpicaba una pequeña zona. Comenzó a fabular con la idea de llenar todo aquel linde con el testigo de su paso y mientras cavilaba, una ola, suave aunque algo más violenta que las anteriores, volvió enroscarse entre sus pies y junto al suave cosquilleo, su retirada borró parcialmente los rastros creados que en ese momento apareciéronse desfigurados y desprovistos de hondura, casi incapaces de contener nada. Una nueva onda prácticamente los hizo desaparecer y las siguientes lamieron con delicadeza la superficie hasta dejarla inmaculada, como si en ella jamás se hubiese posado persona alguna.


La inmensidad del océano le brindaba su saludo, fresco y despreocupado, a medida que iba internándose en él con una cierta cautela que bien podía identificarse con una repentina inseguridad, pues aquel día todo era especial y distinto en cierto punto aunque fuese incapaz de explicarlo, de modo que, mientras se internaba no dejaba de mantener contacto con la tierra. Las cálidas aguas envolvieron tranquilas su cuerpo hasta dejar visible tan sólo su cabeza, ya casi no podía contactar con el fondo arenoso, de puntillas como estaba. Un instante de vacilación le pareció una eternidad, mas finalmente se introdujo por completo abandonando la erguida posición vertical por otra horizontal, más apropiada para el paseo por entre las entrañas del mar. Allí no había sonidos, sus ojos inhabituados y susceptibles yacían cerrados impidiendo la visión, su boca en actitud imitativa imposibilitaba el gusto y nada podía captar su fina nariz, al tiempo que su piel parecía haberse vuelto impermeable; allí tan sólo estaba él, ingrávido en mitad de una silenciosa paz abisal con su contenida respiración como único testigo de su vida, le hubiese gustado haber podido quedarse más tiempo, disfrutar de esa rara dicha concedida en mitad del vacío, de la agradable sensación de intemporalidad. Avanzó a tientas hasta que su mano tropezó con algo sólido y familiar y trepó hasta subirse encima de su querida embarcación.


El cálido viento acariciaba con inusitada suavidad su rostro, los cabellos jugueteaban caprichosos con él mientras la embarcación se mecía tranquila y el sol tendía su velo dorado en el horizonte tiñendo las gibosas nubes dispersas. El penetrante olor a agua salada cosquilleaba en su nariz y le envolvía el tranquilo repicar sobre el casco que acogía gustoso las mansas embestidas. La mirada, apacible, se hallaba perdida en ninguna parte, casi podía sentir una extraña armonía, como si simplemente fuese una parte más del colorido y complejo cuadro del instante, pero a su vez indiferenciado hermano de toda la existencia. Una sonrisa se perfiló de súbito en su rostro, modesta, prácticamente imperceptible y sin embargo, irradiada desde un profundo rincón oculto de su alma, llenaba por completo su ser otorgándole una extraña dicha. Y junto a ella brotó un impulso, una determinación; de un modo pausado y gradual fue desplegando velas y atando cabos y cuando estuvo preparado una intensa y cálida brisa se despertó e impulsó con fuerza la barca, como si hubiera estado esperándole, aguardando el momento preciso para soplar y permitirle avanzar con presteza.


La quilla rasgaba la gasa azulada separando con suma delicadeza los extremos a ambos lados, volvió la vista hacia atrás y observó como esta se recomponía inmediatamente tras su paso mientras la costa se alejaba junto al amparo de los árboles y la tierra semejando cada vez más un lienzo compuesto por llamativos colores y pintado con un pincel que parecía tanto más grosero e indefinido cuanto más se alejaba confiriendo una sensación de irrealidad a aquella distante, imprecisa y colorida mancha. Un nudo atenazaba su corazón, al que sentía pequeño como nunca antes y ese nudo se multiplicaba y aferraba también a su cuello y entumecía sus miembros; con enorme esfuerzo logró quitar su mirada de la espectral imagen que yacía tras de sí y dirigirla hacia lo que tenía frente a él, aquello hacia lo que se dirigía. La luz había adquirido un singular matiz tremendamente acogedor, los sutiles tonos pastel del cielo se mezclaban de un modo delicioso y delicado, las nubes formaban cambiantes figuras mientras el añil horizonte le saludaba. Las tiesas lazadas se aflojaron por completo, una fina nube, casi una inmensa voluta de humo pasó rauda por encima suyo dedicándole una sonrisa para desestructurarse en finas hebras que se fundían con el cielo y desaparecían, miles de guiños plateados refulgían a su paso maquillando la superficie marina con una centelleante purpurina. Arrebatado, embriagado, un presentimiento se coló de pronto en aquel goce confirmado por la hinchazón de las velas y la tensión en los obenques; la intensidad del viento se acrecentó, las aguas abandonaron la calma y comenzaron a erizarse pasando en un instante de una actitud pasiva a otra activa crecientemente agresiva que se manifestaba en sus golpes contra la embarcación. La velocidad aumentaba más y más, el oleaje chocaba contra el casco y el viento bramaba enardecido a su alrededor, la embarcación se estremecía y suspiraba ascendiendo y descendiendo por espumosas colinas. Se aferró a la caña del timón y mantuvo el rumbo apretando los dientes y luchando por mantener los ojos abiertos mientras las profundas aguas amenazaban con engullirlo, su pelo parecía una bien alimentada llama a la que los asaltos marinos no conseguían extinguir, el resto del cuerpo empapado, los miembros firmes y relajados a un tiempo, atentos, la mente despejada, concentrada en el momento, hasta que llegó un instante en que se olvidó por completo de sí mismo, la caña del timón se había convertido en una extensión de su propio cuerpo, ya no sabía si era el quien dirigía la embarcación o algún otro poder que actuaba a su través, anticipaba cualquier alteración de la brisa marina y la usaba en su favor, las olas habían dejado de embestir la embarcación y ahora la acunaban y mecían, yo no oía al viento ni olía el mar. Se sentía conectado al bote, al océano, al cielo y al universo entero, penetrado por lo absoluto, minúscula partícula y dios al mismo tiempo, sin ningún miedo ni desconfianza. Todo era él, todo no era sino una parte de él y sin embargo, al tiempo que sentía la plenitud máxima, sintió también la ausencia total, la vacuidad de la que manan todas las posibilidades. El Sol había eclosionado y un intenso manto rojizo se desparramaba en escalas variables, las nubes habían absorbido ese fulgor carmesí y se habían unido para conformar la figura de un gigantesco dragón.


Al poco, los tonos rojizos fueron muriendo siendo reemplazados por una creciente oscuridad, nunca antes había visto a las sombras imponerse con tal velocidad. En un instante se hallaba por completo sumido en la espesa negrura de la noche y en ese mismo momento volvió a cobrar conciencia de sí. Sus ojos, incapaces de ver sus propias manos se alarmaron, alzó la vista y no fue capaz de ver estrella o luna alguna en el firmamento, hacia proa, babor y estribor idéntica oscuridad casi antinaturalmente negra, giró la cabeza hacia popa escudriñando con la esperanza de encontrar alguna luz proveniente de tierra, más allí tampoco había nada, ni faro, ni casas, de hecho reconoció que en realidad no sabía ya si la tierra se encontraba por la popa, desconocía donde se hallaba y carecía de referencias hacia las que encaminarse. Un creciente terror se fue apoderando de él entrecortando su respiración y lacerando su cerebro; el viento había amainado por completo y la embarcación yacía parada, ni siquiera era capaz de sentir el agua y no se atrevió a descender su mano para comprobar su presencia, pues en aquel extraño momento ignoraba lo que pudiera aguardar bajo él, las más terribles pesadillas comenzaban a deambular por su cabeza de modo que se encogió todo lo que pudo, helado y desesperado como estaba. ¿Qué podía hacer? ¿acaso era posible estar más perdido? Allí de nada servían sus conocimientos, sus habilidades; ni siquiera sus recuerdos que en seguida se aparecieron como algo fútil y volátil, mera evasión intrascendente, al igual que las crecientes fabulaciones acerca de su llegada a tierra firme. Todo ello se evaporaba en un instante dejándole en la misma posición en que se hallaba, en mitad de una inconmensurable oscuridad sin otra compañía que sí mismo. Empezó entonces a cuestionarse qué era eso de “sí-mismo” pues nada de lo que pudiera haberse pensado de él tenía validez alguna, no había nada útil dentro de sí en aquel lugar, o al menos nada reconocible en esa situación de asfixia, parálisis y punzante dolor por el miedo y la ansiedad, de modo que intentó calmarse, se concentró en el peso del cuerpo sobre el bote, en el dolor de cabeza y en su jadeante respiración, sobre todo en ella procurando disminuir su ritmo. Cerró los ojos y se concentró en realizar inspiraciones y espiraciones lo más prolongadas posible; lentamente se fue serenando y controlándose, lentamente el flujo del aire adquirió mayor presencia hasta casi quedar sólo eso, pero también lentamente su ánimo se fue cubriendo con el vestido de la futilidad completa, de la relatividad absoluta fruto de la inutilidad final de los pocos conocimientos adquiridos, la inoperancia de los dones poseídos, la imposibilidad de dar respuesta alguna a pregunta alguna. Paulatinamente los esfuerzos por la vida fueron cesando, la anquilosis se apoderaba de su mente, se cuestionaba el por qué de ningún denuedo si en último extremo sólo había vacío. Y mientras su mente seguía por esta senda paralizante y letal, sintió de nuevo el curso circular de la respiración en mitad de la nada, la entrada del aire y su recorrido hasta los pulmones para volver a salir al exterior, definitivamente sí había algo en aquel lugar. Allí estaba él. Abrió los ojos y se afirmó en aquella sombra impenetrable; de súbito una débil luz titiló en el horizonte. No supo decir si pertenecía al cielo o a la tierra, pues parecía estar en la frontera de ambos, era tan débil que ocasionalmente desaparecía, para reaparecer instantes después con su suave vibración. No sólo la veía con sus ojos, el débil titilar resonaba en su corazón con idéntico ritmo. Agarró el remo de un lateral de la embarcación y emprendió la marcha hacia aquella luz en el horizonte.